Guillermo Descalzi

La madurez

Escribo estas líneas recién cumplidos los 71 años. Soy más maduro, lo siento en la serenidad que no tuve y que hoy me permite ser ecuánime en las vicisitudes del mundo.

Dios sabe que fui inmaduro la mayor parte de mi vida. No soy único, la mayoría es así. Llegar a la madurez es una hazaña, una conquista, un logro. Creía 'estar' o 'ser' maduro' porque mi inmadurez no se veía a sí misma. Es difícil, muy difícil llegar a darse cuenta de quien realmente somos. Vemos cosas como que 'soy capitán de fragata' o 'doctor en medicina' o 'abogado exitoso'... y esa misma figura, la del capitán, doctor o abogado, nos tapa. No vemos más allá de ella.

¿Qué es la ‘madurez’? No lo sé precisamente, pero sé donde está. Está en la unión de intelecto y sentimiento cuando decimos lo que sentimos y sentimos lo que decimos. Es un balance delicado que despeja la oscuridad.

Madurez es luz. Tenemos dos fuentes de luz, nuestra verdad y amor. Hay que descubrirlas, quitarles la cubierta con que las tapamos para no vernos, algo como el avestruz.

Seamos valientes. La madurez requiere valor, quitar la cubierta de nuestros miedos, implica ser transparentes a nosotros y los demás. Si no nos ven o no nos vemos… que no sea porque nos cubrimos. Acepta tus derrotas, también se gana perdiendo. Anda con la victoria que más importa, la victoria sobre nosotros mismos, la única que vale al fin de cuentas. Los éxitos, posesiones, posición y poder… son transitorios, nunca llegan al final.

¿Victoria sobre nos-otros? Nuestro ser vive en la unión de otros, tres personas, la emocional, la intelectual y la física que nacen con unión parcial. Completar su unión, esa es nuestra tarea, madurar, volvernos uno en trinidad humana. Eso es lo que quiere decir semejanza de Dios, ser a Su semejanza… si unimos nuestras personas.

Nuestras personas son relacionistas públicos, agentes, mercaderes de cosas, ideas, situaciones, emociones y más en vidas cuyo objetivo debiese ser amar y servir, pero suele ser satisfacerse y poseer. Solemos estar atados a ellas, a nuestras personas… Ellas suelen poseernos.

El ser ama, las personas Quieren. Quieren sin unión, funcionan algo como la distribución de poderes, ejecutivo, legislativo y judicial. Sin unión los poderes se anulan.

Nuestras personas se cubren, protegen, toman, aprovechan, engañan y evaden porque quieren lo que quieren y no quieren perderlo. No dejemos que el querer de nuestras personas opaque el amor de su unión. Hay que amar mucho, querer poquito. El querer es la sal del amor, demasiado querer… lo sala. La ausencia de querer lo hace insípido a las personas, ellas también necesitan atención. Mucho de uno, poquito de lo otro.

La clave del amor es darnos, somos la ofrenda. Necesitamos darnos cada uno por cada uno a cada uno en gente en la que depositamos nuestro amor y verdad… o falta de ellos.

Nacemos como promesas. Hacer real nuestra promesa, completar nuestra semejanza a Dios, unir nuestras personas, completar nuestra trinidad en vida volvernos uno, eso es madurez.

La madurez nos lleva rumbo a la Gran Trinidad de los tres absolutos, la Totalidad en la Eternidad del Infinito, Padre, Hijo y Espíritu Santo en terminología católica o cristiana. La madurez ni se lastima ni tiene lástima de sí, no importa lo que haya pasado. La madurez suspende la victimización a manos de sus personas. No se asusta. En palabras de una canción, ‘Adelante, sin miedo, sin mirar atrás, que a través de los montes las aguas pasarán es consigna que no ha de fallar.’ Todo se dirige a Dios cuando maduramos en la unidad de tres.

La verdad vive en cada uno y cada uno vive su verdad… o no la vive y anda sin amor. La verdad es la sustancia del amor, el amor es la fuerza de la verdad. Serlos, ser amor y verdad, eso es madurez. Si tienes uno tienes los dos, y si tienes los dos tienes tres en uno rumbo a Dios. Todo acaba en Dios. Cuando todo haya sido dicho y hecho todo lo que quede será Él…

La limpieza de años, física, biológica y emocional, me ha permitido ordenarme, y con ella he revisado mi primer libro, El Príncipe de Los Mendigos, cuya tercera edición está en marcha, les dejaré saber. Doy gracias a Dios y la vida por su generosidad conmigo, tanto en la abundancia como la adversidad. Ambas, la abundancia y la adversidad, son malas o buenas dependiendo de la verdad en cada uno, y de su amor a lo divino en nosotros y los demás…

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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