Guillermo Descalzi

GUILLERMO DESCALZI: Las razones de Trump

Es el candidato increíble y pertenece al Partido Republicano, el que quizás más aprecie la normalidad entre los suyos. Pues candidatos normales serán los demás, Trump decididamente no lo es y a muchos les es todavía difícil creer en su postulación como algo serio. Otros dudan de su ortodoxia republicana y sus líderes no hallan cómo ‘quitárselo de encima’.

Es un repu-no-se-qué que ha cambiado cinco veces de partido y donado más a demócratas que a republicanos. El mainstream, la corriente central del partido, no sabe qué hacer. ¡Ni sus arrebatos le quitan puntos!

Su base es algo como él, así de belicosa, rápida en percibir insultos y harta de esa extraña mezcla de corrección con inutilidad de los republicanos en Washington. Si no fuese así, si no compartiesen eso con Trump… entonces no lo apreciarían, ¿no?

Su auge no es una anomalía. Fue sembrado por el tea-partidismo y abonado con el temor de sus líderes en el Congreso. Ahora cosechan su fruto y están redirigiendo su temor a esa nueva voz que surge como un llamado a las barricadas, la voz de Trump. Los tradicionalistas anticipan problemas si sigue adelante. Harán cualquier cosa por mantenerse en sus puestos y dirán que lo hacen por el partido, para asegurar su mayoría en el Congreso. Ellos mismos lo creen, creen su propio engaño. Ahora, atención, los demócratas no son muy diferentes pero eso estará en otro artículo.

Trump es el ‘último’ de los rednecks, los cuellos rojos de la política americana, algo como el último de los mohicanos en la novela de J. Fenimore Cooper.

Los cuellos rojos tienen a Trump como el salvador de su tribu en extinción. Eran la mayoría, hoy son como la cuarta parte de los republicanos, 10% del país. Trump es su Gerónimo batallando contra los invasores de esta tierra americana entre los cuales cuentan a los sofisticados de su propio partido, a los mañosos de Wall Street, a los productos chinos, a ese afroamericano en la presidencia, a los indocumentados… y más.

El Trumpismo tiene en ascuas al partido entero, es la cola que menea al perro y lo curioso es que este ahora se menea para no ofender su cola. Los líderes dicen que es por realismo pero es por temor.

El Donald será un bocón pero dice las cosas como las ve y cree, y lo que ve y cree es que nuestros líderes son unos idiotas en ambos partidos, que los demás candidatos no sirven para nada y que los indocumentados son ladrones, drogadictos y criminales entre los cuales hay, de cuando en cuando, alguna gente decente. Tengo que reconocer que al menos dice lo que siente y es, en ese sentido, una brisa nueva sobre el tradicional bla bla bla… nueva pero no se sabe por dónde soplará.

Es como un regreso al pasado. Los R&R, los rednecks y los resentidos tiemblan de emoción con él. Son shakers como los del fundamentalismo religioso del Estados Unidos agrario del siglo XIX. Trump llega a ellos quizás no como Dios pero al menos con la grandiosidad de un dios menor. Si ese atractivo cuasi religioso de Trump toma cuerpo, entonces puede pasar lo increíble, hasta un repunosequé en la presidencia.

El mainstream republicano se equivoca si cree que le quitará el piso, que es cuestión de tiempo para que caiga por su ignorancia y malos modales. Ese, precisamente, es su atractivo. Los demás se pavonean buscando satisfacer a todos sin resentir a nadie, y no importa si el público no entiende lo que dicen, quizás sea mejor así. Trump, en contraste, disemina sus verdades sobre un potro republicano al que enseña a corcovear para tirar a los ‘ineptos’ que traten de montarse en él.

Los intelectuales se preguntan si Trump tendrá la finura necesaria para ser presidente. En vano se preocupan. Estados Unidos ha tenido presidentes mucho más retirados de la normalidad, y ha sobrevivido. Andrew Jackson celebró su inauguración en una fiesta con barriles y baldes de licor en la Casa Blanca. Los diarios de la época compararon sus destrozos a los que dejaron los ingleses cuando la quemaron en 1814. La ‘fiesta’ fue tal que Jackson tuvo que mudarse al hotel Gadsby.

Considerando esto en frío, imparcialmente, parece que lo mejor que pueden hacer los líderes del partido, gane o pierda Trump, es empezar a abrazarlo para darle algo del manejo político que necesita tener. Deben hacerlo just in case, por si sucediese que acabase como el nominado y, quién sabe, quizás presidente, así que empiecen a practicar ‘porsiacaso’ eso de Presidente Trump.

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