Guillermo Descalzi

GUILLERMO DESCALZI: El valor

Decimos cosas sin saber lo que decimos. “Valor” es una de ellas. Si preguntan qué es ser valiente quizás les digan que es no tener miedo. ¿Será? Les contaré de dos ‘valentías’, una de afuera, otra de adentro.

Al iniciarse la invasión aliada de Kuwait, en la primera guerra del golfo, me encontraba con Gilberto Hume cruzando el frente. El ejército americano lo impedía. Paramos tras sus líneas y dormimos sobre la arena hasta la alborada del alba, cuando las cruzamos sin que nos pararan. Anticipábamos que sería cuando más dormidos estarían, y así fue. Por el retrovisor vimos unos soldados corriendo pero los dejamos atrás. Quizá lo hicimos por ser dos locos que no conocían el miedo.

Habíamos camuflado nuestro Land Cruiser. Íbamos con uniforme americano, casco y todo. En los asientos de atrás teníamos tanques de agua y gasolina, más un generador para equipos.

Ese día no terminó de amanecer, oscurecido por el humo de más de 700 pozos petroleros incendiados por los iraquíes. Eso nos ayudó… excepto cuando no vi una bomba y manejé sobre ella. Gilberto me gritó, pero no la había visto y... no pasó nada.

Fuimos los primeros occidentales en la capital kuwaití. Después llegó un equipo de fuerzas especiales. Los iraquíes se llevaban rehenes y dejaban muertos, la población andaba escondida. En otra ocasión, cerca de Basora, nos detuvieron pero escapamos casi por magia.

Dicen que tuve valor en esos días. Quizás, pero valor externo, mezcla de un arrojo que da fuerza y una inconsciencia que no conoce el miedo. El ‘otro’ valor, el interno, comprende el miedo. Ese valor no necesita fuerza porque es una fuerza de otro tipo, la fuerza de la serenidad ante el peligro.

Un año después, en Washington, harto de sentirme ‘insignificante’, tiré la toalla y me fui a la calle. Resulta que no era insignificante, era ‘aparente’, y dejé de sentirme insignificante porque dejé de aparentar. Me di a ‘lo bajo’, que para mí fue ‘lo alto’.

Dejé de cubrirme y me ‘descubrí’, cosas parecidas pero no iguales. Entonces empecé a lograr cosas que nunca creí lograr: saber quien soy, aceptarme y vivir mi verdad, todo en términos relativos porque nadie acaba hasta que acaba.

Mi madre me decía que todo llega y todo pasa, y es cierto. Hoy no me preocupo por lo que vaya a pasar, o me preocupo menos porque sé que lo que pasa… se va. Me ocupo más del hoy y ahora. Esto no quiere decir no preparar, no planear para después. Quiere decir hacer lo debido, y si lo debido es preparar y planear lo hago tratando de no preocuparme.

El pre-ocuparse es un ‘auto-robo’ en el que nuestro mañana le roba fuerzas a nuestro ahora y produce una debilidad que atiza el miedo.

Un ‘valor’, el externo, enfrenta o ignora el miedo. El ‘otro’, el interno, ni enfrenta ni ignora nada. Confía en Dios, dice mi esposa, y tiene razón.

Descubrir quienes somos nos acerca al valor interno. Llegamos a ese valor viviendo nuestro descubrimiento, nuestra verdad. Así llegamos a la gracia que llamamos la ‘serenidad’. A la serenidad ante el peligro la llamamos valor. Es valor interno. Ahora, para llegar a la serenidad necesitas vivir tu verdad en todo momento, no solo cuando ‘necesitas’ ser valiente.

Cuando tienes verdad tienes amor, su fuerza. Cuando los tienes… tienes a Dios, no a un Dios etéreo, un Dios concreto en tu verdad y amor, eso es lo bello, que es concreto, y no importa que no creas, basta con que vivas tu amor con su sustancia, tu verdad propia, que te manifiestes como eres. No existe mayor valor que ese.

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