Guillermo Descalzi

El Perú, las elecciones y el occidentalismo

Mujeres quechuas hacen fila para votar en la ciudad de Uchuraccay, durante las elecciones presidenciales celebradas en Perú el pasado 10 de abril.
Mujeres quechuas hacen fila para votar en la ciudad de Uchuraccay, durante las elecciones presidenciales celebradas en Perú el pasado 10 de abril. AP

El Perú se aproxima a negar a su mayoría una vez más, quizás la mayoría indígena y de raza mixta relegada al fondo donde el sitio es aparentemente inacabable, relegada en la vida nacional, en sus deseos, opiniones, idioma, dignidad y prosperidad.

Ni Lima es el Perú ni el occidentalismo es todo en el Perú. El occidentalismo de la tecnocracia y la intelectualidad peruana nos ha traído lo que ha podido en ciencia, saber, producción, mercado, economía y tecnología. Ha beneficiado al Perú próspero y occidentalizado pero ha sido incapaz de eliminar la brecha, el abismo que hay entre quienes tienen y los que no. Es una brecha socio-cultural-racial que ninguna tecnocracia va a eliminar.

Hay altanería, odios, desprecios y prejuicios en el Perú porque el ancestro de uno sea de inga o mandinga, y no se trata de rechazar la cultura y bienestar de la gente acomodada. Tampoco se trata de rechazar la tecnocracia o la intelectualidad del país, de lo que se trata es de abreviar la brecha de la vida entre las gentes, su resentimiento, rechazo y muchas veces odio, cosas que no pueden ser más que desvaríos de lengua larga en el panorama nacional.

La descendencia del conquistador en el Perú ha estado por encima de los demás y en ascendencia desde su llegada. Ha seguido así incluso durante los dos episodios de presidentes indígenas y de ancestro mixto, Toledo y Humala, que ascienden a la descendencia y se suman a la tradición de robo, explotación y traición en la cima que empezó con el conquistador, Pizarro.

Hay resentidos de abajo y arriba. En estas elecciones los resentidos de arriba resienten –valga la redundancia– su posible impotencia si ganara la ‘heredera’ del que los hizo impotentes ayer, su padre.

Hay una oposición real, seria a Keiko Fujimori. No me refiero a ella aquí, me refiero a los resentidos cuando digo que temen… lo que podría ser, lo posible, ese miedo irreal al Perú que alguien algún día ofreció.

Partes de la ascendencia creen y sienten que su resentimiento es su derecho por el rechazo que sufrieron en el gobierno de Alberto Fujimori. Defienden el derecho a la situación a la que volvieron después, comprensible y loable como es el defender la situación de uno, pero su rechazo es injustificable cuando es por el derecho de su resentimiento. No hay tal derecho.

Sé algo de la esencia humana. Sé que la nobleza vive igualmente en cualquier lado, que si no la vemos hay que buscarla, y que negarla en alguien es negarle dignidad. Eso no se limita al resentimiento.

El resentimiento es un odio premeditado, nadie tiene derecho a él.

Para subir una escalera se tiene que elevar primero lo más bajo de uno, la planta de los pies, y la ascendencia para verdaderamente subir tendrá que primero ayudar a surgir a la masa, algo que se logra con gran cuidado porque –usando una línea de Vallejo– el pan en la puerta del horno se nos quema.

Palabras del poeta: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» Pero el cadáver ¡ay!... siguió muriendo… (vinieron entonces dos, tres, cuatro más, llegaron…) todos los hombres de la tierra (y) lo rodearon. Los vio el cadáver triste, emocionado… incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre, echóse a andar.” Poemas Humanos, Masa, César Vallejo.

Hay algo psicológico tras el resquemor a la masa por miedo a volverse de ella, miedo a ser de la masa, pero todos estamos bajo el rodillo del gran panadero, somos su masa y todos necesitamos a todos para uno, todos.

El resentimiento a Alberto Fujimori puede ser real y válido pero hoy no valida ni justifica el rechazo a su hija, aun cuando sientan ‘lo que les pasó’. Nadie tiene derecho al resentimiento, ni siquiera el suyo.

‘Masa’, la de Vallejo, simboliza el poder del amor. Amar al rechazado es sinónimo de dignidad.

Nos ‘in-dignamos’ cuando nos indignamos por alguien, parece obvio pero no lo vemos, no vemos que nos volvemos menos dignos. Hay mucha gente indignada en nuestro país, y muchos injuriados, y sin embargo de alguna manera a Dios gracias la mayoría escapó al odio. Tenemos mucha gente sufrida y digna.

Apartar es metodología del mal, y ni qué decir de rechazar, resentir y odiar. El bien ama, abraza e incorpora y habiendo incorporado transforma la esencia mortificada del ser humano. La masa mortificada del Perú, esa nos necesita a todos.

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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