Guillermo Descalzi

La elección del fin del mundo

Elegir entre un hombre sin la preparación intelectual, la capacidad emocional y el manejo político necesarios para ser presidente de la primera nación del mundo… y una mujer que busca apaciguar el estatus quo de la política actual y nuestros intereses nacionales y globales mientras pretende actuar para el bien ‘del pueblo’… o Bernard Sanders, un personaje monotemático en pro de los rechazados de toda índole, esa es la alternativa ante el país.

La duda Hamlética tiene un añadido en esta elección. Al To be de Hillary, dejar ser y el not to be, cambiarlos de Sanders, se añade un maybe, el quizás de Trump: Si le conviene sí, si no… no.

¿Cómo se ha llegado a esto? El escenario del fin del mundo de la política americana tal y como la conocemos hoy se da en medio del resurgimiento de un nuevo nacionalismo racial neofascista alrededor del mundo seguido del descontento en todos los niveles de la población americana. Hay que añadir a esto la solidificación del derrame de las sobras, el trickle down, la riqueza que gotea para abajo adoptada por el nuevo corporativismo mundial que rige bajo guisa de comunismo en la China, del capitalismo en Estados Unidos, socialismo en Europa y de dicta-cracias comunes en todos lados, corporativismo donde quiera que sea. Es el Brave New World de Huxley mezclado con el 1984 de Orwell y el Reich de Hitler.

Trump responde a lo que le conviene, egoísmo en grado superlativo sin atención a lo que pueda no convenir a otros aunque esos otros sean todos los demás. Es el egoísmo concentrado de un ignoramus al que se le rinde gente tan sensata como Paul Ryan para no perderse el tren en caso que parta de la estación.

El egoísmo distribuido que mueve a Hillary es pasivo y, valga la redundancia, apacigua. Es la única diferencia real entre ambos, que el de Trump es abierto y el otro se esconde, y luego está el egoísmo de los rechazados, el Tea Partidismo de la Izquierda de Bernie Sanders.

En una elección final elegiremos entre lo peor… y lo ‘más peor’, una irrelevancia para el ciudadano común donde juega el gran dinero con personalidad jurídica electoral gracias a la corte suprema, una corporación-cracia más que demo-cracia, con su dinero y comercio como votos apátridas de acciones preferenciales.

El antiguo estado fascista controlaba la economía de sus países a través de grandes monopolios. La economía en el nuevo fascismo ha perdido su identidad nacional y planta, abona, compra, soborna y mueve gobiernos según intereses globales en un mundo cada vez más chico. Las corporaciones controlan en Washington, una capital convertida en mercado de influencias legales… y a veces no tan legales.

To be or not to be… o maybe, y eso que no hemos tocado el panorama mundial con el calentamiento global, que no existe gracias a la negación de su realidad por parte de las corporaciones, y el éxodo de poblaciones bombardeadas para salvarlas en Siria, Irak y Libia, ni el famoso murito que construiremos para custodiar nuestra pureza… y eso que no hemos tocado nada de esto y mucho más. ¿Quién en su sano juicio quisiera presidir sobre algo así? Pues allá están los tres competidores, bless their souls, en la elección del fin del mundo de la política actual. Ya lo dije en una columna anterior: este choque –porque no hay manera de evitarlo, va a ser un choque– producirá reverberaciones gravitatorias que rehacerán el mundo actual. Gane quien gane, chocatus est.

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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