Guillermo Descalzi

La madurez

Dios sabe que he carecido de madurez la mayor parte de mi vida. No soy único, la mayoría es así. Llegar a la madurez es una hazaña, una conquista, un logro.

¿Qué es la ‘madurez’? No lo sé precisamente, pero sé donde está. Está en la unión de intelecto y sentimiento cuando decimos lo que sentimos y sentimos lo que decimos. Es un balance delicado que despeja la oscuridad. Madurez es luz.

Tenemos dos fuentes de luz, nuestra verdad y amor. Hay que descubrirlas, quitarles la cubierta con que las tapamos para no vernos, algo como el avestruz. Seamos valientes. La madurez requiere valor.

La madurez quita la cubierta de nuestros miedos, implica ser transparentes a nosotros y los demás. Si no nos ven o no nos vemos… que no sea porque nos cubrimos. Acepta tus derrotas, también se gana perdiendo.

Anda con la victoria que más importa, la victoria sobre nosotros, la única que vale al fin de cuentas. Los éxitos, posesiones, posición y poder… son transitorios, nunca llegan al final.

¿Victoria sobre nos-otros? Nuestro ser vive en la unión de otros, tres personas, la emocional, la intelectual y la física que nacen en unión parcial. Completar su unión, esa es nuestra tarea, madurar, volvernos uno en trinidad humana. Eso es lo que quiere decir semejanza de Dios, ser en Su semejanza… si unimos nuestras personas.

Nuestras personas son relacionistas públicos, agentes, mercaderes de cosas, ideas, situaciones, emociones y más en vidas cuyo objetivo debiese ser amar y servir pero suele ser satisfacerse y poseer. Solemos estar atados a ellas, nuestras personas… Ellas suelen poseernos.

El ser ama. Las personas Quieren, no Aman. Quieren sin unión, funcionan algo como la distribución de poderes, ejecutivo, legislativo y judicial. Sin unión los poderes llegan a anularse.

Las personas se cubren, protegen, toman, aprovechan, engañan y evaden porque quieren lo que quieren y no quieren perderlo. No dejemos que el querer de nuestras personas opaque el amor de su unión.

Hay que amar mucho, querer poquito. El querer es la sal del amor, demasiado querer… lo sala. La ausencia de querer lo hace insípido a las personas, ellas también necesitan atención. Mucho de uno, poquito de lo otro.

La clave del amor es darnos, somos la ofrenda.

Necesitamos darnos cada uno por cada uno a cada uno en gente en la que depositamos nuestro amor y verdad… o falta de ellos.

Nacemos como promesas. Hacer real nuestra promesa, completar nuestra semejanza a Dios, unir nuestras personas, completar nuestra trinidad en vida, volvernos uno, eso es madurez.

La madurez nos lleva rumbo a la Gran Trinidad de los tres absolutos, la Totalidad en la Eternidad del Infinito, Padre, Hijo y Espíritu Santo en terminología católica o cristiana.

La madurez ni se lastima ni tiene lástima de sí, no importa qué haya pasado. Suspende la victimización a manos de sus personas. No se asusta.

En palabras de una canción, ‘Adelante, sin miedo, sin mirar atrás, que a través de los montes las aguas pasarán es consigna que no ha de fallar.’

Todo se dirige a Dios cuando maduramos en la unidad de tres. La mayoría no solo no madura, se fracciona.

La verdad vive en cada uno y cada uno vive su verdad… o no la vive y anda sin amor. La verdad es la sustancia del amor, el amor es la fuerza de la verdad. Serlos, ser amor y verdad, eso es madurez.

El amor y la verdad llegan juntos. Si tienes uno tienes los dos, y si tienes los dos tienes tres en uno rumbo a Dios. Todo acaba en Dios. Cuando todo haya sido dicho y hecho lo que quede será Él…

Periodista, escritor y filósofo peruano.

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