Helen Aguirre Ferré

Los correos de Hillary Clinton

Por qué los Clinton hacen cosas de una forma que nos provoca malestar? Son inteligentes y trabajadores y, aunque uno no esté de acuerdo con ellos, uno quiere que les caigan bien. ¿Por qué tienen que hacerlo tan difícil? No es fácil simpatizar con alguien que no confía en uno y los Clinton no parecen confiar en el público norteamericano. Tal vez por eso viven rodeados de secretos; se sienten más cómodos.

Hace algunos días, un artículo del New York Times reveló que cuando era secretaria de Estado, Hillary Clinton nunca utilizó una cuenta de correo electrónico del gobierno para asuntos oficiales aunque así lo exige la Ley de Registros Federales. No es que no usara su correo electrónico oficial, es que nunca tuvo uno.

¿Acaso sus destinatarios no encontraron extraño que su dirección de correo electrónico oficial perteneciera a una cuenta de AOL o era simplemente Hillary.Clinton@confíe-en-mí.com? ¿Estaban seguras sus comunicaciones? A lo mejor lo sabe Edward Snowden. Esto revela hasta qué punto se ignora la necesidad de respetar y aceptar las reglas y regulaciones que se aplican a todos los funcionarios públicos. ¿Por qué algunas personas creen que las reglas se aplican sólo a “la gente común” y no a ellas?

Y luego está la pregunta ética en torno a la Fundación Clinton.

Cuando era secretaria de Estado, la Fundación Clinton, la organización caritativa de su familia, recibió dinero de gobiernos extranjeros que podrían haberlo enviado por conveniencia, pensando que era miembro del Gabinete y que posiblemente aspirara a la presidencia de Estados Unidos. Estamos hablando de gruesas sumas de dinero, supuestamente $1,600 millones, provenientes de gobiernos extranjeros, corporaciones y otras entidades. Más bien parece un súper comité de acción política que una organización de caridad.

¿Por qué Hillary se comportó de forma tan torpe y arriesgada? Tal vez apostó que aunque fuera descubierta, a nadie le importaría porque, después de todo, ella es Hillary. Debe de haber pensado que es demasiado lista y talentosa para que a la gente le importe que viole las reglas que el resto debe cumplir.

Su ex jefe ciertamente piensa eso: tiene que haber sido uno de sus destinatarios. El presidente Obama hace y deshace leyes, reglas y regulaciones constitucionales para satisfacer sus caprichos políticos. El gobierno que prometió ser el más transparente de todos, hasta ahora es el más alejado de serlo. Todavía más revelador es que cuando los empleados federales se meten en problemas por violar reglas y leyes, los miembros del Ala Oeste les indican que obstruyan la justicia, como si se fuera un deber patriótico.

Tomemos, por ejemplo, a Lois Lerner, del Servicio de Rentas Internas (IRS), que fue investigada por enfocarse ilegalmente en organizaciones conservadoras por sus creencias políticas. Lerner ha reiterado que no pudo proporcionar los correos electrónicos que le ordenó entregar un comité del Congreso, por una presunta falla de las computadoras y del servidor principal, y ha insistido que las computadoras fueron destruidas. Ahora sabemos que esto no es cierto. También está el caso de Gina McCarthy, administradora de la Agencia de Protección Ambiental, quien tampoco pudo entregar los correos electrónicos necesarios en una audiencia de un Comité de Supervisión de la Cámara por culpa de presuntos fallos de las computadoras.

El gobierno de Obama necesita mejorar el respaldo tecnológico porque siempre que se trata de investigar por presuntos delitos a algún funcionario, ¡las computadoras se echan a perder! Si este tipo de cosa ocurriera durante un gobierno republicano, los demócratas y los medios de prensa clavarían las cabezas de los funcionarios en estacas frente al río Potomac.

La controversia siempre ha perseguido a los Clinton. Tal parece que no sólo Hillary está acostumbrada a ella, sino que la busca.

Quizás piensa: “A estas alturas, ¿qué importa?”, como dijo durante una audiencia del Senado sobre el ataque terrorista al consulado de EEUU en Bengazi que causó el asesinato de cuatro norteamericanos, entre ellos el embajador Christopher Stevens. Pero a muchas personas sí les importa. Es por ello que Jeb Bush dio a conocer sus correos electrónicos durante sus ocho años como gobernador de la Florida, como tendrán que hacer el gobernador Scott Walker o el senador Marco Rubio si deciden aspirar a la presidencia. Los archivos se examinarán con mucho cuidado, como debe ser.

Lo harán antes que se los pidan porque saben que las transparencias importan y que la arrogancia no es atractiva. Hillary sabe esto también y no es tonta. Lo que pasa es que se siente con derecho a hacerlo.

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