Helen Aguirre Ferré

El dilema de Indiana y los cambios en EEUU

El gobernador de Indiana, Mike Pence, ha sido un líder entre los conservadores. El ex congresista ha llevado a Indiana a efectuar recortes fiscales individuales y corporativos, abolió el impuesto de herencia y amplió el programa de elección de escuelas. Creó un notable modelo para la reforma del Medicaid que exige a las personas contribuir financieramente a una cuenta de ahorros de salud, que es la base de un cuidado de salud impulsado por los consumidores. A Indiana le ha ido bien.

De modo que sorprende que un político inteligente como Pence no haya previsto la feroz reacción ante la “Ley de Restauración de las Libertades Religiosas” (RFRA) que promulgó en medio de una algarabía conservadora. Durante una entrevista con el periodista de ABC George Stephanopoulos, Pence estuvo esquivo y no pudo decir si, bajo esta nueva ley, Indiana aprueba o no la discriminación. Al no responder se está acusando a sí mismo y también a su estado. La respuesta de líderes corporativos estatales y nacionales, así como de grupos defensores de los derechos de los gays y otras organizaciones liberales, fue rápida y furiosa: la ley debe anularse.

El dilema de Indiana señala la dificultad para equilibrar las demandas de los rápidos cambios culturales en Estados Unidos. Es una lucha de valores conflictivos: los conservadores culturales predominantemente blancos contra un grupo cada vez más diverso y culturalmente liberal.

Los conservadores culturales se sienten acorralados por el cambio; la libertad religiosa no era un tema controversial hace apenas una década, pero hoy día lo es. Eso señala el veloz aumento de poder del movimiento LGBT, que exige igualdad bajo la ley. La comunidad conservadora cristiana exige lo mismo. Tal vez no estén de acuerdo uno con el otro, pero ambos deberían ser protegidos por la ley. Esto es algo que se puede remediar aprobando dos leyes, una que proteja a la comunidad LGBT de la discriminación y otra que proteja la libertad religiosa. Se trata de un buen compromiso pero deja insatisfechas a ambas partes.

La posición de Pence presenta un enorme reto para los líderes republicanos, que necesitan equilibrar las demandas de sus votantes conservadores blancos que están en desacuerdo con el resto del país. Los republicanos no pueden sobrevivir solo con ellos, les hace falta ampliar la base.

“Los tiempos están cambiando, la demografía está cambiando y el juego está cambiando”, dijo esta semana Whit Ayres, de North Star Opinion Research en el programa de MSNBC Morning Joe. Ayres reconoce que la fórmula que funcionó para George W. Bush no funciona en la actualidad porque el electorado ha cambiado. Ayres, que ha escrito un nuevo libro: 2016: and Beyond: How Republicanos Can Elect a President in the New America (Más allá del 2016: cómo los republicanos pueden elegir un presidente en un nuevo Estados Unidos), enfatiza que la política de inclusión es más importante que nunca, no sólo para atraer a votantes minoritarios, sino también a jóvenes votantes. La división cultural es generacional.

Los votantes que tienen 30 años tienden a ser libertarios en problemas sociales que respaldan una ambiciosa reforma de inmigración, el matrimonio gay y la legalización de la marihuana. Asa Hutchinson, gobernador republicano de Arkansas, dijo que reconsideró firmar el proyecto de ley RFRA de su estado, en parte porque su hijo firmó una petición donde le pedía vetar la ley. Parece sincero. Es una lección que el gobernador Pence debe aprender. El otro reto que tienen ante sí los republicanos son los votantes hispanos.

La población hispana es joven y está creciendo. Casi una cuarta parte de todos los bebés nacidos en EEUU son de hispanos indocumentados, y estas familias se están mudando a pueblos rurales entre Alabama y Wisconsin. Si no fuera por ellas, estos pueblos desaparecerían. Dos de cada cinco de bebés rurales hispanos son pobres.

¿Por qué debería preocupar esto a los republicanos? Tienen en sus manos aprobar una amplia reforma de inmigración que podría cambiar la suerte de estas familias y muchos pueblos pequeños. Incluso podría ayudar a los republicanos a atraer a votantes hispanos, si tratan de acercarse a ellos. Tienen que hacerlo.

En el 2012, los hispanos formaban el 8.4% del electorado y ese número aumenta año tras año mientras la cantidad de votantes blancos no hispanos continúa disminuyendo. Mitt Romney ganó el 59% del voto blanco; perdió, en parte, porque el presidente Obama lo superó abrumadoramente con el voto de la minoría. Para ganar en 2016, al candidato republicano le hará falta contar con el 40% del voto hispano para compensar la disminución de la base de votantes tradicionales.

Se trata de construir puentes. El gobernador Hutchinson lo está haciendo, con calma y determinación. En Arkansas no existen los problemas que hay en Indiana. Si el Partido Republicano sigue los pasos de Hutchinson, podría hallar un método para lidiar con la locura.

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