Myriam Márquez

MYRIAM MÁRQUEZ: Entre la espada y la razón

Estaba esperando para hacer la llamada, con la esperanza de que ocurriera un milagro, un gesto de buena voluntad. Finalmente, el viernes, después que un avión lleno de peregrinos de la Arquidiócesis de Miami despegó con destino a La Habana, pude armarme del valor necesario para llamar a mi prima en esa ciudad.

“Prima, estoy tan triste, me da tanta pena, me negaron la entrada”, le expliqué a mi prima Gladys, que tiene unos treinta y tantos años. Fue una conversación dura, que resultó más difícil todavía debido al ruido de la pequeña motocicleta en que iba con su esposo, para asistir a una actividad en la escuela de su hijo.

“Ay prima, yo que estaba contando los días para que conocieras a los niños”, me dijo por su teléfono celular, mientras el ruido del tráfico ahogaba nuestra difícil conversación.

Cuando el presidente Barack Obama y el secretario de Estado John Kerry hablan de un nuevo comienzo en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, de que los dos archienemigos sean ahora “buenos vecinos” después de 56 años, la mayoría de los estadounidenses piensa que es una buena idea. Por Dios, tenemos relaciones con China y Vietnam, dos países comunistas; en Vietnam perdimos 58,307 soldados norteamericanos. Los estadounidenses han pasado la página. Así las cosas, ¿por qué no visitar esa exótica isla de Cuba, pasear en esos Chevys, Buicks e incluso Cadillacs de los años 1950, tomarse algunas fotos, bailar un chachachá, tomarse un mojito y disfrutar de un Cohíba?

No tiene sentido explicar “por qué no”. Es posible que haya muy buenas razones para trabajar en una relación que busca la paz y ayude a los cubanos a crear la sociedad civil que se merecen. Pero para aquellos de nosotros que tenemos a Cuba en nuestros corazones, esta nueva era de “buenos vecinos” es más amarga que dulce, porque sólo hemos visto cambios reales de la parte estadounidense, más operaciones empresariales, más dólares que alimentan una economía controlada por los mismos gobernantes cubanos que detentan el poder desde 1959.

Cuando solicité autorización para ir a La Habana para la visita del papa Francisco, lo hice con un nuevo sentido de propósito. Así que hay una nueva relación, ¿no? Veamos hasta dónde el gobierno cubano está dispuesto a proclamar una nueva era.

Mis dos hijos, que ya son hombres hechos y derechos, fueron monaguillos cuando crecían en Orlando y con frecuencia asistían a misa con el el obispo Thomas Wenski. Querían conocer a sus primos, y mi esposo, que no es cubano, quería estar conmigo después de la visita del Papa para pasar unos días en La Habana y conocer mejor a mi extensa familia. Llené todos los formularios, reiteré que no iba como periodista sino como una cubanoamericana católica que quería ser testigo de un momento histórico y volver a conectarme con primos que no he visto en 13 años. Fue en el 2002 cuando conocí a Gladys, que entonces estaba embarazada de su primer hijo, y yo iba en una asignación periodística que me llevó a La Habana, Santiago y la zona de Villa Clara.

Este viaje era algo personal. Y también me iba a ayudar a medir cuánto han cambiado las cosas, o no. Llené meticulosamente los formularios hace tres meses, y entonces comenzó la larga espera.

La semana pasada, nuestra reportera que cubre los asuntos cubanos, Nora Gámez Torres, llamó a la agencia de viajes donde ella y uno de nuestros fotógrafos habían solicitado una visa de periodistas, y le dijeron que le habían denegado el permiso. El modus operandi del régimen cubano ha sido aprobar la visa de periodista en lo fundamental (aunque hay excepciones) a los que no tienen nexos con la isla.

¿Qué pasó con mi solicitud de visa para viajar como parte del peregrinaje religioso? “La petición fue denegada”.

Naturalmente, no me dieron razones para el rechazo.

Es difícil entender por qué un estado unipartidista que permite a disidentes como Berta Soler, líder de las Damas de Blanco; a Guillermo “Coco” Fariñas Hernández, a la periodista Yoani Sánchez o a muchos otros, viajar por el mundo y regresar a su país, le negaría a una cubanoamericana ver a su familias unos pocos días. ¿A qué le teme el régimen?

José Martí, poeta, periodista, amante de la libertad y apóstol cubano, escribió a finales del siglo XIX: “El periódico es una espada y su empuñadura la razón”. Ese es ahora el lema de el Nuevo Herald, en letras grandes en nuestra sala de redacción. Ruego que el Papa tenga el valor de proclamar que la razón siempre tiene que ser parte de nuestra fe, y que los que niegan el derecho humano más básico, la libertad de abrazar a la familia, no son los “buenos vecinos” que dicen ser.

Directora ejecutiva de el Nuevo Herald.

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