Opinión Sobre Cuba

Cuba y el largo desfile de fantasmas

Transeúntes en una calle de La Habana, en marzo de este año.
Transeúntes en una calle de La Habana, en marzo de este año. TNS

Estoy detenida en esa pausa, en ese punto desalentador que tan bien conocemos los cubanos, una sensación abstracta como de vacío que viene detrás de las buenas noticias.

¿Y después de Obama… qué? Nos preguntamos.

¿Y después del sacrificio… qué? ¿Después de una vida de apuestas por ser mejores… qué? ¿Después del cansancio y la entrega de nuestros padres, qué nos toca a nosotros?

Camino por La Habana. Desde que Eusebio Leal no está al frente del Casco Histórico es como si el alma de las cosas abandonara poco a poco el espacio. Nadie te atiende igual, todo lo que dotaba de fantasía ese lugar ha ido desapareciendo.

Por toda la ciudad han cerrado paladares, cafeterías y centros nocturnos, se dice que por encontrar anomalías en sus ventas o en el modo de conseguir los productos que luego ofrecen a sus clientes.

Si escudriñáramos en cada casa cubana, en la mía, en la de mis vecinos, e incluso en la de los inspectores que determinan cerrar estos lugares, encontrarán alguna anomalía en los productos que nos nutren, alimentan y mantienen vivos.

El verdadero valor de un restaurante del sector privado es la cantidad de trabajo bien remunerado que genera en el pueblo cubano. Estos espacios han demostrado que es mejor trabajar que delinquir

¿A qué parte del pueblo de Cuba le puede importar que cierren un bar, una cafetería o un paladar? A todos aquellos trabajadores que, con su talento como mesero, plomero, cocinero o cantinero mantengan una o dos familias sin tener que robarse nada de una empresa, escuela, fábrica, hotel u hospital.

El verdadero valor de un restaurante del sector privado es la cantidad de trabajo bien remunerado que genera en el pueblo cubano. Estos espacios han demostrado que es mejor trabajar que delinquir.

Los inspectores cierran sitios que ellos saben cometen menos irregularidades éticas, sanitarias o de abastecimiento que los espacios estatales, hasta hoy arbitrariamente abiertos. ¿Por qué no somos igual de rigurosos con estos espacios estatales?

¿A quién le interesa lo que pensamos en realidad?

La desilusión, para algunos de nosotros, es ese estado que llega detrás de la euforia. Tras las aparentes soluciones que vienen desde afuera nos quedamos anhelantes, esperanzados, confiando ante la pantalla de la realidad, amparados del mismo recurso fantasioso que tienen los niños pequeños, ese de creer que al ver nuevamente un dibujo animado, el final va a transformarse para bien.

Yo me repito una y otra vez, la solución debe venir desde adentro, pero cómo lograr que así sea, nuestra opinión como ciudadanos no vale nada.

Entras y sales a los mercados agropecuarios, bajas por las calles de Centro Habana, caminas por el Vedado, subes las escalinatas de la Universidad, y hay en el aire un sentimiento de profunda desilusión.

Algunos jóvenes desfilan para condenar el recibo de unas becas en el extranjero, especialmente en Estados Unidos. Las personas que caminan al lado de esa manifestación-performance sabemos perfectamente que la mayoría de ellos desea estar en esas becas. La doble moral es ya parte de nuestra cultura, es el simple, claro modo en que mimetizamos nuestras vidas para resistir. En 20 años la mitad de los que participan en el desfile y las personas que lo organizan residirán fuera de Cuba, y lo peor, nadie dirá que desfiló por esta causa.

Este desfile que ahora vemos está lleno de fantasmas, como en los actos de repudio de los años 1980.

Paso el día resolviendo asuntos domésticos. Quiero escribir pero no puedo concentrarme.

Salgo a tomar el aire de la noche.

Las calles principales están completamente apagadas. Un silencio envuelve el aire salado, me pregunto cómo llegaré a fin de año en medio de este panorama. Tengo un presentimiento, algo me dice, “una cosa” extraña late dentro de mí.

Avanzo hasta un parque cercano a mi casa. Busco en mi cartera una tarjeta para conectarme a internet y sentir, desde mi teléfono, que hay algo más allá, una buena noticia para cerrar el día.

Nadie me ha escrito, navego un poco, entro en los periódicos: “Me pareció que ayer decía lo mismo”; un link de Facebook me lleva a Segunda Cita, pienso que Silvio este noviembre cumplirá 70 años, un año más que mi madre –si ella hubiese estado viva.

Leo la letra de esta nueva canción. Regreso a Silvio, a su poesía, descubro nuevamente que toda mi vida puede contarse a través de sus canciones. Su guitarra es parte de la banda sonora de este país y lo que él ahora me dice narra mucho mejor este momento indescriptible.

Así dice un fragmento de Viene la cosa:

Viene la cosa, por más que sea injusta y ofenda;/ viene la cosa a exhibir desparpajo total;/ Viene la cosa invocando lo que le convenga,/ porque ha pasado de moda la noble moral./ Viene la cosa,/ viene por todos lados;/ viene la cosa/ reescribiendo el pasado./ Pero, a falta de dios,/ doy pecho al huracán/ y saco bien la voz/ y al pan le digo pan./ Porque viene una cosa/ que sólo la sinceridad destroza.

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