Opinión Sobre Cuba

Cuba, el puente sobre el río Kwai

Cubanos esperan el paso de la caravana fúnebre de Fidel Castro por la ciudad de Santa Clara, en el centro de la isla, el 1 de diciembre.
Cubanos esperan el paso de la caravana fúnebre de Fidel Castro por la ciudad de Santa Clara, en el centro de la isla, el 1 de diciembre. TNS

Las Navidades cubanas de 1958 estaban manchadas de sangre. La muerte había hecho acto de presencia en muchas familias, la pena y el dolor eras patentes para quienes no se contemplaban el ombligo con devoción. La ambición de poder de unos y el empecinamiento de conservarlo de otros había llevado el luto a cientos de hogares y dejaba avizorar un futuro de espanto para todos, con independencia de quien resultara vencedor.

El fin de año, el esperado estreno del Puente sobre el río Kwai, junto a las Navidades, están inexorablemente asociados al triunfo de la insurrección, a muertes y esperanzas cremadas en más víctimas y destrucción según pasaron los días.


José Antonio Albertini y Enrique Ruano recuerdan la reproducción parcial del viaducto del río Kwai construido con cañas de bambú en la entrada del teatro Cloris, en Santa Clara, llamado Camilo Cienfuegos después que Cuba fue secuestrada por los Castro.

Los adolescentes testigos de aquellos tiempos repletos de ilusiones y sueños jamás cumplidos cargan amargura e innumerables frustraciones, a veces dulce, como la quietud que produce el dolor cuando se marcha, una experiencia que ha cincelado para bien o mal a los que han sobrevivido.

Es fácil recordar aquellos días aunque hayan transcurrido 58 años. Cañonazos de tanques, bombas de aviones y tiros por doquier. Ejecuciones sin juicio, al capricho de los nuevos caudillos, aquellos futuros cadáveres eran inexorablemente precedidos por los ataúdes en los que iban a ser sepultados.


Santa Clara fue el escenario final de una mala obra iniciada el 10 de marzo de 1952 y la obertura de una tragedia que se acerca a las seis décadas, que ha conmovido lastimosamente los cimientos de la nación cubana, destruyendo tradiciones, contaminando generaciones, dejando un legado devastador.

Las mentiras se gestaron rápido. Se crearon falsos héroes como Ernesto Guevara, a quien se le atribuyó la captura de un falso tren blindado que era defendido por soldados del cuerpo de ingeniero y no por militares regulares. Sus armas eran escasas y las municiones para las mismas, menos; las vías férreas estaban en pésimas condiciones al extremo que el tren se descarriló por sí mismo y no por las acciones de sus atacantes, independientemente de que hay actores importantes de ambos bandos que afirman que la ocupación del transporte estuvo signada por la corrupción y no por la heroica lucha de sus captores.


De lo que se escribe y habla menos es de los hombres que Guevara ordenó fusilar en Santa Clara sin concederles las más mínimas garantías procesales.

Imposible olvidar aquellos acontecimientos y sus macabras consecuencias. Una turba sedienta de sangre reclamando paredón sin pensar que estaban estableciendo las bases para sus propias ejecuciones, porque el nuevo régimen, por su insaciable sed de sangre, estaba listo para devorar hasta sus partidarios.

La malaventura hizo zafra al mismo ritmo que las cañas de azúcar se secaban. La miseria se adueñó de los bienes y de quienes los disfrutaban. Se estableció una sociedad de víctimas y victimarios. La prisión fácil, juicios espurios, inocentes transformados en culpables, consignas mortales a ritmo de conga y la masificación del individuo hasta la pérdida total de sus derechos.


El horror de aquellos días está con quienes los vivieron. El miedo y el espanto tienen sabor y olor aterradores. No es posible zafarse del maleficio si lo viviste, no importa lo que te esfuerces, fuiste marcado a fuego como un animal cualquiera.

La realidad ha sido más cruel que la congoja más espeluznante. La ancianidad tocó las carnes, huesos y escasos cabellos de los que han sobrevivido, sin importar el campo donde cada quien asumió lo que entendió fueron sus deberes o placeres.

Sin embargo, más allá de victorias y derrotas, la muerte acecha a todos. Solo que cada uno tendrá para su coleto hasta qué punto cumplió con lo que creyó, y cuánto devastó o construyó cuando le correspondió hacer una u otra cosa.

Periodista de Radio Martí

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