Opinión Sobre Cuba

Hostias hechas con harina robada

Mi tía me pidió que me quedara en la puerta del almacén y que le avisara si veía venir a alguien. La panadería por cerrar, las luces apagadas y el eco fuerte de su voz me daban miedo. Tenía unos 9 o 10 años y presentía que estábamos haciendo algo malo.

En la penumbra distinguí como Tita envolvía una lata de leche Pelargón en su delantal de trabajo, disimuló el bulto debajo del brazo y salimos volando de allí.

–Tita, ¿qué te cogiste del almacén?

–No tienen harina en el arzobispado para hacer las hostias. No hay donde comprarla. Mañana tenemos que levantarnos bien tempranito para ver si podemos subir al tren “lechero”, hay que llevar la harina para Camagüey.

Yo me quedé estupefacta. ¡ Mi tía robando ! Ella que era “la sacristana” de nuestra iglesita en Gaspar, la que me había dado las primeras clases de catecismo en casa… No robar, no decir mentiras… Si la policía nos descubría nos iban a llevar presas.

–Tengo miedo, Tita; además, eso es robar.

Esto último lo dije con pesar, no quería ofenderla, pero me sentía tan culpable. Me estaba preparando para hacer mi Primera Comunión, ¿cómo iba a hacer algo así?

–Oyéme bien, Maryvito –me espetó ella con mucha firmeza–. Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón. Esta panadería la compró tu abuelo “El rubio” con el dinero que le prestó Pancho Llama. Papá llegó de Santander sin familia, con sólo 16 años y 14 pesetas (en billetes) que su madre le cosió en el forro del saco. Trabajó noche y día para sacar adelante el negocio, a la gente pobre del pueblo que no podía pagar le daba el pan gratis, mamá siempre decía que jamás saldríamos de pobres.

En una hambruna que hubo en el pueblo, tu abuelo compró una carga de harina de maíz y la repartió entre los gaspareños. Después vino la policía queriendo llevárselo preso porque algunas personas se sentían mal del estómago. “La harina estaba envenenada”, nos decían.

–Escúchame bien lo que te voy a decir: en Cuba robarle al gobierno no es pecado. Ellos nos han obligado a esto.

Me encantaba la ciudad de Camagüey. Ir con Tita significaba volver a caminar por las estrechas calles de adoquines, sentarme en el patio interior, con pozo y todo, de la casa del obispo, mirar a través de los enormes balaustres de madera de sus ventanas … pero este viaje estaba enredado. Era el propio monseñor Adolfo quien iba a celebrar la misa de mi Primera Comunión y con él me confesaría por primera vez. Si decía la verdad delataba a mi tía y callármela, era traicionar a mi Dios y a mi conciencia.

El tren llegó puntual a Gaspar, cosa rara. Cuquita Montejo, la operadora de la estación, nos consiguió montar (“el que tiene amigos tiene un central”, sentenció Tita, airosa). Muchas personas quedaron en el andén. “El lechero” sólo admitió unos cuantos pasajeros. Observar el paisaje desde la ventanilla me hacía olvidar el dilema y disfrutaba.

En la calle Cisneros, se abre la puerta de la casa del obispo y nos recibe Clara Ester, su madre. Vamos hasta la cocina, Tita abre las jabas, le lleva un queso, un pomito con manteca, y llega el momento de la lata de la harina. Clara Ester abrió los ojos y casi en un grito dijo: “¡Adolfito no puede saber esto, Gladys!”

–Monseñor no se va a enterar, mujer. El pecado lo pongo yo. Turbación en los ojos de la anciana, firmeza en los de mi tía. Yo seguía muerta de miedo. Mejor salirme al patio que siempre permanecía tranquilo, fresco, con sombra. La puerta del dormitorio de monseñor estaba abierta, tenía aún el mosquitero puesto y me llamó mucho la atención que estaba cubierto con un hule, como el que teníamos en casa sobre la mesa del comedor.

Ya sabía yo que no se podían hacer preguntas indiscretas cuando se estaba de visita, pero aquel misterio tenía que averiguarlo.

–¿Y todavía no han podido arreglar esa gotera que cae encima de la cama? –escuché a Tita preguntar en tono autoritario.

–Adolfito dice que no podemos ocuparnos de eso ahora –contestó Clara Ester con tristeza. Quién va a pensar en goteras si tenemos varios templos que reparar en los pueblos de la diócesis. La fachada de uno se había derrumbado, el techo de otro estaba a punto de desplomarse... estaban celebrando misas en casas particulares.

Unos veinte años después, en San Fernando de Maspalomas, Gran Canaria, cerrando ya la academia privada donde daba clases de español, me sorprendí llevándome a casa un paquete de hojas… ¿qué estoy haciendo, Dios mío? Ya no necesitaba robar. Al día siguiente me informé y entré a mi primera papelería en el mundo libre. Había cartulinas de todos los colores.

Hace más de 40 años de aquella tarde en la ciudad de los tinajones, como un pirata atrapado en el laberinto del trazado de sus calles que no puede encontrar el puerto para regresar al barco, me pregunto: ¿ Cómo estarán resolviendo ahora “la harina” mis hermanos camagüeyanos?

Profesora de Español y Literatura.

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