Opinión Sobre Cuba

La soberanía y la amalgama

El pasado viernes 24 de febrero, este periódico publicó un artículo de opinión de Jorge Dávila Miguel titulado ¿Dos rubias esperanzas para Cuba?, que incluye un vitriólico ataque contra Rosa María Payá, y termina con una disquisición sobre la soberanía cubana y el rol de EEUU. No voy a defender aquí a Rosa María, porque ella puede y sabe defenderse mejor que nadie. Quiero aprovechar el pie que brinda Dávila para discutir un tema importante que ha sido largamente tergiversado.

Dávila nos presenta “el arduo tema de la soberanía nacional” en el molde maniqueo fabricado por el castrismo: la única alternativa posible a la peculiar versión revolucionaria de la soberanía nacional es la intervención extranjera. O estás con la revolución, o estás con el imperio. Esta confusión de la nación con una casta y una ideología no es fortuito, sino el resultado de una campaña deliberada y sistemática para fusionar los conceptos de patria y revolución, encabezada por Fidel Castro desde los primeros años de su régimen. A este ajiaco de ideología, nacionalismo, caudillismo, e intolerancia, yo le llamo la amalgama, tomando prestado un término de Carlos Márquez Sterling.

La amalgama no es un invento castrista ―totalitarios como Hitler y Stalin, y autócratas como Franco y Perón, la usaron de una u otra forma― pero tiene profundas raíces autóctonas en el funesto legado de la Enmienda Platt. Desde entonces, el epíteto “platista” ha sido suficiente para descalificar a cualquier oponente político. Este imaginario nacionalista olvida convenientemente el papel de la diplomacia norteamericana en la caída de Machado, o el trabajo de los delegados del M-26-7 en Washington para lograr el embargo de armas que precipitó la caída de Batista.

La amalgama no sólo padece de memoria selectiva, sino que además es abiertamente sectaria e hipócrita. Los castristas que le entregaron la isla a la URSS no son platistas, pero los anticastristas que se apoyaron en los EEUU para evitarlo sí lo son. Los cubanos que pelearon en África armados por los soviéticos a nombre del socialismo son “héroes internacionalistas”, mientras que los cubanos que pelaron en Girón armados por EEUU a nombre de la democracia son “mercenarios anticubanos”. Para la amalgama, el último círculo del infierno platista está reservado para aquellos cubanos que gestionan y apoyan la política norteamericana de aislamiento del castrismo.

Nada expone mejor el sectarismo y la hipocresía de la amalgama que la política de “abrazo” del Sr. Obama. A partir del D-17, gestionar en Washington una política específica hacia Cuba deja de ser platista y anticubano para convertirse en “razonable” y “moderado”, siempre que la política que se gestiona sea favorable a los castristas. Lo mismo sucede con la injerencia en los asuntos internos de Cuba. El Sr. Bush es “imperialista” cuando restringe los viajes y remesas, pero el Sr. Obama es “pragmático” cuando elimina las restricciones y visita La Habana. ¿No estaba Obama usando el poder económico y diplomático de los EEUU para influir la política cubana en una dirección específica? ¿No está Raúl Castro usando el poder económico y diplomático de los EEUU para promover sus propios objetivos políticos?

Considerando la asimetría entre ambas naciones y la inexorable geografía, es hora de aceptar que todo lo que haga EEUU puede considerarse una intervención en Cuba, sea en una dirección u otra. Aceptar esta realidad e intentar influirla para favorecer un escenario determinado es completamente humano, racional y pragmático. Esto no quiere decir que la soberanía cubana dependa exclusivamente de la relación con los EEUU, como nos quiere hacer creer la amalgama.

Según Dávila, la alternativa hoy es entre una Cuba castrista y soberana, o un protectorado norteamericano. No es tal. Es perfectamente posible lograr un país donde convivan democracia, soberanía, y una relación amistosa con los EEUU. Si Costa Rica puede hacerlo, también podemos los cubanos. De hecho, el país ya se movía en esa dirección cuando Batista le abrió el camino a Castro.

Obama no fue quien descubrió que el mejor futuro de Cuba es uno decidido entre cubanos, como afirma Dávila. Los disidentes cubanos vienen promoviendo esa idea al menos desde 1990. Si esa proposición no ha dado frutos aún es precisamente por la contumacia castrista, que no ha cedido ni al aislamiento de los duros, ni al abrazo de los reformistas. Queda entonces el trabajo entre cubanos dentro y fuera, tan legítimo cuando se trata de influir conciencias nacionales, como cuando se intenta influir conciencias en EEUU, la Unión Europea y la OEA. Curiosamente, eso precisamente hacía Rosa María Payá en La Habana cuando atrajo la ira de Dávila.

Director Asociado

Instituto de Investigaciones Cubanas

Universidad Internacional de la Florida

arcoss@fiu.edu

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