Opinión Sobre Cuba

Nicolás Pérez Diez-Argüelles, un ejemplo de que los cubanos se han sacrificado

Acaba de morir Nicolás Pérez Diez-Argüelles, uno de los mejores hombres que he conocido. Mi hermano Nico, como le decíamos sus afectos, fue un ser profundamente cariñoso, leal, abierto, valiente, generoso, apasionado, un hombre sin trastiendas. Dotado de un inusitado sentido del humor, el Nico sabía reírse de sí mismo y de las bromas que con frecuencia algunos amigos le gastábamos. Y fue un gran enamorado: De sus tres hijos, Nicolacito, David y Ernestico, de su mujer María Barroso (conocida como “la China” entre los integrantes de la cofradía del Nico), de su familia extendida, de sus buenos amigos y de su patria, el archipiélago de Cuba.

Nicolás Pérez Diez-Argüelles

Sucede que mi hermano Nicolás fue un patriota de verdad. Se situaba en las antípodas de los seudopatriotas sinvergüenzas que el escritor inglés Samuel Johnson denunció hace 250 años. Estos bergantes todavía infestan a la diáspora cubana y otras colectividades. Los patriotas de verdad buscan el bien de la patria, se sacrifican y toman riesgos por ella. Nicolás daba fe de su patriotismo sin adoptar poses sensibleras, dogmáticas o solemnes.

Invoco el ejemplo de Nicolás cada vez que escucho a algún ignorante declarar que el pueblo cubano no se ha sacrificado en la lucha contra la tiranía de los Castro. También invoco el ejemplo de mi padre, un hombre rico que en lugar de huir al exilio, lideró una conspiración anticastrista fraguada a mediados de 1959. E invoco los ejemplos de los fusilados, de los miles de guerrilleros alzados en el Escambray, de adolescentes como Tommy Fernández Travieso, de mujeres de todas las edades y de hombres jóvenes como Eraise Martínez, Alfredo Elías, Juan Valdés de Armas y Nicolás Pérez Diez-Argüelles, castigados con largas condenas de prisión por su participación en una lucha armada desigual que no contó con el apoyo del gobierno de Estados Unidos.

En el Gulag castrista Nicolás fue el protegido y el hijo adoptivo de mi padre. Era bastante más joven que Papi y los dos estaban condenados a 20 años de privación de libertad. Pero el Nico se identificaba como revolucionario, pertenecía a una encarnación del Directorio, un grupo que se había enfrentado a la dictadura de Batista antes de enfrentarse a la de Fidel Castro. Por contraste, mi padre había sido un empresario muy exitoso que rechazaba las revoluciones y se identificaba con el liberalismo cubano. Aun así, el Nico y Papi se convirtieron en amigos íntimos. Lo siguieron siendo hasta la muerte de Nicolás.

Tras cumplir 12 años de prisión el Nico salió en libertad condicional. Conoció y se casó con Raquel Perner Paklak, una bella hebrea cubana, y se convirtió al judaísmo. Tuvo dos hijos en Cuba con Raquel antes de partir hacia el destierro. Años después Nicolás me comentó que el único mal rato que había pasado en el proceso de convertirse a la religión de Avram fue durante el Berit Milá, la circuncisión ritual. El trance de Nicolás inspiró una riada de chistes entre sus amigos.

En el exilio el Nico revivió su vocación de escritor, la cual había nacido en el presidio. Fundó y editó revistas, publicó Pajarito Castaño, una novela fantástica que transcurre en la Cuba revolucionaria, y Después del Silencio, una magnífica colección de entrevistas con el ex preso político cubano Miguel Angel Loredo, un fraile franciscano. Y se buscó enemigos de todos los colores defendiendo públicamente a nuestro amigo Bernardo Benes. Lo defendió agresivamente de quienes atacaban y difamaban a Bernardo, un hombre que tanto hizo por liberar y repatriar a miles de presos políticos y sus familias, incluyendo la de Nicolás. Luego, el Nico puso la escritura en remojo y se dedicó con éxito a montar un lucrativo laboratorio de vitaminas. Tras pasárselo a sus hijos, se mudó con la China a una linda casa en los Cayos. Gracias a la plata que ganó fabricando vitaminas, Nicolás pudo obsequiarle apoyo moral y miles de dólares a opositores en Cuba y a organizaciones del exilio. Colaboró con Roberto Rodríguez Tejera en un programa de radio y consiguió incorporarse a estas páginas como columnista fijo.

En sus últimos años el Nico no dejaba de pedirme prestados libros que no solía devolverme. Cuando terminó de leer una novela de Roberto Bolaño que le había regalado (se la di anunciándole que para mí el chileno era el mejor escritor en lengua castellana nacido después de la segunda guerra mundial) me dijo con su hipérbole apasionada y habitual: “Ramoncito, estás equivocado, Roberto Bolaño es el mejor escritor iberoamericano, punto”. Pero hoy no me equivoco al proclamar que no han existido mejores amigos ni patriotas más puros y amorosos que mi hermano mayor Nicolás Pérez Diez-Argüelles, punto.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

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