Opinión Sobre Cuba

Visión dantesca

Miles de cubanos llenan la Plaza de la Revolución, en La Habana, en el desfile tradicional del Primero de Mayo.
Miles de cubanos llenan la Plaza de la Revolución, en La Habana, en el desfile tradicional del Primero de Mayo. AP

Millones de cubanos acaban de desfilar en todas las provincias conmemorando el primero de mayo, Día Internacional del Trabajo. Al borde de 60 años de dictadura, con nuevo líder, designado de a dedo por un tirano octogenario fatigado en su laberinto, es difícil asimilar la justificación de que fueron obligados para no ser reprimidos, por parecer antagonistas del régimen, o para salvar magras prebendas.

La nación desciende por el abismo y arrastra a su paso todo lo salvable. Antes hubo fugas masivas por mar y tierra y se especuló que era la válvula de escape alentada por el régimen para mitigar la presión social que en algún momento acarrearía la rebelión espontánea.

Luego se detuvo abruptamente el privilegio de ser recibidos en la primera potencia del mundo como refugiados. Miles de cubanos abandonados a su suerte en selvas y caminos rústicos de América para otra vez asumir la humillación como forma de vida.

Desde entonces, se cocinan en su propia salsa de indigencia, insolidaridad y desesperanza, en la supuesta olla de presión que no ha tenido ninguna repercusión social, soñando que pueden progresar con timbiriches y licencias para forrar botones o rellenar fosforeras.

Cuando el “delfín” del general Castro ocupó su cargo al frente de la isla sin remedio, fuentes periodísticas independientes entrevistaron a transeúntes que, como zombis, recorren las ciudades portando jabas para lo que aparezca, y todos declaraban su conformidad con la nueva administración como si hubiera sido el resultado de alguna votación popular.

No parecían atemorizados, ni conminados por agentes de la seguridad en las cercanías durante sus alabanzas. Eran las mismas personas que luego desfilarían entusiastas en la puesta en escena deplorable del primero de mayo.

Los cubanos no están siendo obligados a comulgar con el engendro de socialismo que hace miserables sus vidas, lo aceptan con resignación casi mística, han sido aislados del mundo real, no conocen otra forma de existencia. Tal prueba de tenacidad no tiene parangón.

Durante el desfile, un locutor de televisión repite sin recato: “Con Cuba no te metas, yo soy Fidel” y las llamadas “organizaciones de masas” responden con un clamor general de aceptación.

En la tribuna, colmada de vejetes intolerantes y hasta sanguinarios como Ramiro Valdés, ministro del Interior durante períodos de la gloria fidelista, un solo intelectual cubano, el abyecto Miguel Barnet, vanagloriándose de estar junto al poder, simboliza cuan diezmada se encuentra la clase cultural cubana, sin voz ni voto en los destinos de la nación, ignorada y castigada, más que en ninguna otra etapa de la historia dictatorial, por la nomenclatura gobernante y otras claques oportunistas alentadas por la escasa dignidad.

Tanto el pueblo como sus victimarios pensaron que la solución a la inoperancia descansaba en la generosidad del enemigo “imperial” y de la demonizada Miami. Pero ahora las esperanzas se reducen hasta nuevo aviso y vuelve a enarbolarse el fetiche del llamado bloqueo como la causa de todos los pesares, pero ocurre que la misma indiferencia internacional ante el cambio denigrante de poder, se manifiesta, por igual, en la quimera cansona del embargo.

Mientras los jóvenes cubanos se consumen en la inopia tomando “chispa tren” y calcinándose los oídos de reguetón, cientos de sus congéneres venezolanos perdieron la vida en Caracas, ilusionados por un cambio, y ahora mismo miles de nicaragüenses tratan de sacudirse otra aberración implantada por el castrismo en América Latina.

Sesenta años de dictadura totalitaria, sin respiro, han dañado irremediablemente el alma del cubano. La visión dantesca de millones de personas cantando vítores a sus verdugos, es un cuadro difícil de explicar.

Crítico y periodista cultural.

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