Opinión Sobre Cuba

El fracaso del turismo en Cuba

Turistas norteamericanos caminan por la Habana Vieja en mayo del 2015, cerca de la Bodeguita del Medio, un restaurante frecuentado por el novelista Ernest Hemingway.
Turistas norteamericanos caminan por la Habana Vieja en mayo del 2015, cerca de la Bodeguita del Medio, un restaurante frecuentado por el novelista Ernest Hemingway. AP

Artículos como Se acaba la cerveza y queman la langosta: periodista cuenta el fracaso del turismo en la ‘Cuba sin Fidel’, que se convierten de la noche a la mañana en todo un suceso noticioso, demuestran la fragilidad de las dictaduras, y también la manera en que funcionan sus mecanismos y resortes de protección y autopreservación.

Noticias como esta, sobre Cuba, le demuestran al mundo no solo la ineficiencia del socialismo, las consecuencias de depender de un renglón económico para desarrollar un país o la falta de sentido común de quienes mantienen por la fuerza el sistema, sino la inmadurez democrática y los instintos represivos de los individuos que protegen los regímenes comunistas, que por momentos son peores que los fascistas, el otro extremo de las dictaduras sociales.

Recuerdo cómo desde los primeros años de la revolución se nos hablaba de los planes de diversificar la economía para que Cuba no dependiera más de una sola industria, como dependía antes del 59 de la industria cañera, apoyada por el turismo, el tabaco y el ron.

La revolución fidelista quería convertir a Cuba en la Alemania del Caribe.

Pero también recuerdo que por los años 80 del siglo pasado, cuando cursaba mis estudios preuniversitarios, se regó una “bola” en Cuba de que hombres de negocios de Canadá, no sé si bajo el gobierno de Joe Clark o Pierre E. Trudeau, padre del actual mandatario y con quien Fidel decía tener excelentes relaciones, le habían propuesto a Fidel Castro construir cadenas hoteleras en las cayerías cubanas para desarrollar el turismo en la isla. Se dijo que Fidel se negó alegando que el turismo era fuente de los peores vicios del capitalismo y que eso sin dudas afectaría la pureza de la revolución cubana y sería fuente directa de “diversionismo ideológico”, cliché y látigo que aún flagela a los viejos esclavos cubanos y a las nuevas generaciones de alienígenas isleños.

Fidel se negó a desarrollar el turismo de la isla (a tiempo) en nombre de sueños imposibles e ideas estúpidas, y con ello no solo sumió a nuestro pueblo en una de las dos mayores miserias del continente, sino que hoy Cuba ni siquiera cuenta con la industria azucarera para tener alguna bandera de orgullo nacional.

Terminaremos 100 años después peor que como empezamos: ni azúcar, ni caña, ni centrales azucareros, un ron que no sabe a sus orígenes, un tabaco cada vez más raquítico. Ni mangos, ni aguacates, ni chirimoyas, ni malanga, ni vacas ni leche. Ni flota pesquera, ni trenes, ni televisión, ni carreteras, ni autopistas, ni autos ni edificios vanguardistas. Eso sí, más prostitución, más esclavitud, menos dientes, cambios irreversibles del genoma cubano, gente más pequeña, más rara, mal hablada y mal educada, con un idioma español aislado y mutado por el enquiste y la automutilación. El peor de los turismos, los peores hoteles, la peor comida, las putas y putos más baratas y desvergonzados. Cada vez peor asistencia médica, más miseria y una población que ha perdido la vergüenza y el amor propios en busca de la supervivencia cotidiana.

Hoy Cuba depende exclusiva y malamente de un turismo de quinta, cuya evaluación se niegan a aceptar allí porque no tienen la mínima idea de cómo funciona el turismo en los países libres; de las remesas de sus hijos expulsados y vejados y de la explotación y esclavización de sus profesionales de la salud. Tres índices económicos para avergonzarse y rectificar en nombre del amor a la patria y al prójimo, en lugar de andar pregonando a los cuatro vientos éxitos fantasmas que solo se creen los soñadores de oficio.

Hay tantas maneras de medir el fracaso de la revolución cubana, que se necesitarán varias hemerotecas, bibliotecas y videotecas para archivarlo. Pero el fracaso económico y social de esta utopía nunca superará la vergüenza de ceder a los principios que sacrificaron el bienestar, la libertad y la felicidad de nuestro pueblo.

Es inútil explicarles a los que atacan la libertad de expresión y la democracia que el problema mexicano, sus crisis internas asociadas a las drogas, las mafias, la pobreza y la desigualdad social, son comidilla diaria en los periódicos y medios mexicanos, latinoamericanos y norteamericanos. Es inútil decirles que a diario se habla y se publican aquí, en el mundo libre, las noticias y opiniones asociadas a esta crisis. Pero no solo de México, sino de toda Centroamérica, de Sudamérica, de Asia y África y Europa y Norteamérica y de la Luna y de Marte. Es inútil explicarles que el mundo libre vive y se desarrolla en la noticia y la crítica, que hay gente ocupada en ello diariamente, exponiendo los defectos e injusticias del capitalismo. No tiene caso, porque los hombres de Fidel desconocen el libre pensamiento.

La inmadurez radica en creer ser siempre blanco de la injusticia, en que los otros estamos aquí para criticarlos y que no tenemos derecho a ello porque aquí también hay problemas. Ya ni siquiera se molestan en justificar o explicar los problemas (lo cual es cada vez más difícil), sino que los aceptan inadvertidamente recordando la paja en el ojo ajeno. Así defienden su derecho al desastre. Así funciona la filosofía de las sociedades uniformadas y condenadas al silencio individual y al coro oficial.

Con artículos como este sale a flote la fetidez de un sistema que se pudre en su propia fermentación. Pero, paradójicamente y a manera de histórica condena, los motivos que echaron a andar la revolución cubana serán su mismo epitafio.

Escritor cubano.

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