‘Inocencia’, una Cuba corrupta y dividida, nada ajena a la actual
En la popular película Inocencia del director Alejandro Gil, uno de los estudiantes de medicina, que sería fusilado en la víspera, luego de un juicio amañado en 1871, le dice al sanguinario capitán de los voluntarios de La Habana, que algún día pagaría su crimen, a lo cual responde rápido el indigno militar español: “Eso no va a ocurrir porque en esta ciudad hay mucho miedo”.
Fue el mismo filme que provocara el lamentable exabrupto del nuevo dictador cubano, al trazar la mezquina diferencia entre héroes y “mal nacidos”, a los coterráneos que no comulgan con el castrismo.
Inocencia refiere, en detalle, los acontecimientos de aquel día infausto en que ocho estudiantes de medicina fueron fusilados por huestes del colonialismo español.
Es una película irregular en su hechura, de buenas actuaciones a cargo de experimentados intérpretes pero de otras que contrastan y desentonan por falta de recursos dramáticos.
Se nota que la cantera actoral del cine cubano se ha resentido durante los últimos años con el éxodo y la escasez de alternativas profesionales.
La emboscada, el filme anterior de Alejandro Gil, sobre la guerra en África y su reflejo en veteranos devastados por el alcohol y otros males, no tuvo la divulgación adecuada porque no correspondía con las prerrogativas que el régimen guarda de sus intervenciones internacionales.
Ahora las estructuras oficialistas se han apropiado de Inocencia, porque pudiera parecer otro filme patriotero sobre las luchas independentistas que desde siempre han agobiado a la sociedad cubana.
Pero no parece ser el caso. Ya en El ojo del canario, Fernando Pérez colocó a jóvenes imberbes de la saga martiana increpando a representantes de una gerontocracia implacable, empeñada en doblegarlos por la fuerza.
Algunos muchachos de Inocencia entienden de las injusticias de un régimen impuesto a sangre y fuego, pero a diferencia de Martí y sus seguidores, otros aspiran a estudiar en la universidad, progresar y vivir sus sueños con alegría. La guerra de la manigua mambisa estaba distante y no parecía interesarles.
Por cierto, la película, hace justicia a un grupo abakuá, obliterado en otras narrativas históricas, que intentó impedir por la fuerza el fusilamiento de los estudiantes, porque uno de sus miembros, aun siendo negro, era hermano de crianza de Álvaro de la Campa y tenía el mismo nombre del joven asesinado. Al final, los rebeldes fueron masacrados por los voluntarios, en franca mayoría.
Tal vez, los momentos más desacertados de Inocencia ocurren cuando hay como una voluntad de hacer obvias famosas anécdotas históricas del hecho mediante discursos retóricos, poco verosímiles.
Puede parecer que el director y su guionista estuvieran trampeando a los comisarios culturales, para evitar desavenencias.
De celebrar, son las reacciones de los jóvenes que no saben por qué se encuentran involucrados en un hecho político que les puede causar la muerte.
Hay uno que le dice desesperado al compañero de infortunio: “Avísale a tus padres, que se unan y protesten”. Algo que no ocurrió entonces en “una ciudad con mucho miedo”, como afirmó confiado el capitán de voluntarios, y tampoco suele suceder ahora cuando los opositores son arrastrados por la calles y los transeúntes nada hacen para impedirlo y solo atinan a grabar automáticamente las terribles escenas con sus teléfonos inteligentes, sin mayores consecuencias.
Es curioso que Miguel Díaz Canel no repare en que casi todos los héroes de Inocencia, son los españoles dignos, tanto militares como civiles que se opusieron al crimen.
Es paradójico también que no se subraye la figura del delator o chivato, jardinero del cementerio, que desató los lamentables acontecimientos, en una Cuba corrupta y dividida, nada ajena a la de nuestros días.