Opinión Sobre Cuba

ANDRÉS REYNALDO: Una cultura, dos éticas

Asistentes a la Feria del Libro de Miami recorren los kioscos el 20 de noviembre.
Asistentes a la Feria del Libro de Miami recorren los kioscos el 20 de noviembre. mhalper@miamiherald.com

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Cada año, en la Feria del Libro de Miami Dade College, uno de los grandes privilegios culturales de Miami, puede observarse el contraste entre las dos vertientes éticas de la inteligencia cubana.

Fidel Castro dividió la cultura nacional. Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada. La Revolución, claramente, era él. El primer derecho de la Revolución, según decretó, era el derecho a existir. De manera que a lo largo de este medio siglo negro (no lo reduzcamos a un pasajero quinquenio gris) se pudo, ahora se puede, estar incluso contra la Revolución. Pero nunca contra Fidel ni, de más queda decirlo, Raúl.

Primo Levi observaba que la esfera real de la moral son los hechos, ni siquiera las opiniones. La moral común obedece a esa experiencia cotidiana y directa. Cuando se nos obliga a apartarnos de la moral común, en este caso por la intervención de un inapelable poder policíaco, comenzamos a alejarnos de la realidad. Ante el pánico a condenar lo que está mal acabamos por actuar como si todo, o casi todo, estuviera bien.

Levi aclaraba que siempre estaba la opción de no participar. Pienso en José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Dos ejemplos de un silencio antiheroico, con un enorme valor civil. En las reuniones de los intelectuales con Fidel en junio de 1961 en la Biblioteca Nacional, Piñera habla por la moral común cuando dice: “Yo tengo mucho miedo”. Desde entonces, ese miedo corroe la cultura nacional. Imposible escribir, cantar o rodar películas sobre la realidad cubana sin tropezar con un terror que permea la vida del ciudadano en el hogar y en la calle, de la mañana a la noche y de la cuna a la tumba.

Es una tragedia, sobre todo para la gente con talento y ambiciones. El arte no perdona la impostura. Al tratar de darle la vuelta a la censura se acaba por dársela también a los hechos. La literatura escrita en la isla es un cuerpo de libros que mienten y libros que omiten. A veces con pudor. A veces descaradamente. Libros que rehúyen o manipulan la realidad para no tropezar con la moral común. Si el autor quiere preservar su carnet de la UNEAC, su pasaporte y los contactos y premios que conlleva la tolerancia estatal tiene que afinar la puntería, no sea que diga hoy lo que no se pueda decir hasta mañana o sencillamente no se pueda decir nunca.

Imposible escribir, cantar o rodar películas sobre la realidad cubana sin tropezar con un terror que permea la vida del ciudadano en el hogar y en la calle, de la mañana a la noche y de la cuna a la tumba

El presidio político, las granjas de reeducación, la rebelión campesina del Escambray, los asesinatos políticos, el ametrallamiento de fugitivos en alta mar, la corrupción en las altas esferas, el chantaje a influyentes personalidades, la persecución a los creyentes y los homosexuales, el racismo, el humillante y diario ciclo de disimulo y delación, todo lo que acusa en profundidad la irrupción de un mal radical en los destinos nacionales sigue bajo la alfombra. O debe ser tratado con una óptica desproblematizadora que justifique a la dictadura. La óptica de fresa y chocolate.

En el exilio, por más que intentes, la moral común no te permite abandonar tu realidad. De hecho, si algo importante te devuelve el exilio es tu lugar en la moral común. Tu derecho a la memoria. Tu juicio en el error y el acierto. Los deberes de la exactitud no te exponen a los peligros de la herejía. Vuelves a tener un valor como individuo. En suma, regresas a la civilización.

Por supuesto, no creo que el exilio te haga éticamente superior. Indudablemente, te permite, y yo diría que hasta te obliga, a vivir en la verdad.

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