Opinión Sobre Cuba

TED A. HENKEN: La solución para Cuba no viene de la Casa Blanca

La bandera norteamericana y cubana en la pizarra de un auto convertible clásico en La Habana, el 18 de febrero del 2016.
La bandera norteamericana y cubana en la pizarra de un auto convertible clásico en La Habana, el 18 de febrero del 2016. AP

Como norteamericano y doctor en estudios latinoamericanos estoy orgulloso de presenciar el proceso de acercamiento entre nuestra nación y la nación cubana que comenzó en diciembre de 2014. Ahora, dentro de un mes seremos testigos de la primera visita a la Isla de un presidente norteamericano en más de 88 años cuando Barack Obama visite Cuba, junto a su esposa, Michelle, el 21 y 22 de marzo.

Es un viaje que apoyo plenamente y por muchas razones, aunque como estudioso de la historia de la Isla y la sociedad cubana contemporánea, sé que la solución a los muchos y complejos problemas internos de Cuba no viene –ni debe venir– de la Casa Blanca.

Como potencia mundial, a EEUU siempre le ha sido difícil interactuar con Cuba –una nación mucho más pequeña y menos poderosa– en condiciones de igualdad y respeto mutuo. En vez de seguir el famoso consejo del presidente mexicano Benito Juárez, quien dijo: “El respeto al derecho ajeno es la paz”, siempre hemos querido influenciar y hasta dictar a Cuba la forma de gobierno y la naturaleza de sus relaciones con el mundo. Hemos actuado como un “hermano mayor” con alguien que supuestamente vive en nuestro “patio trasero”.

Obviamente, esta manera de actuar no nos ha conducido a la paz sino al conflicto constante.

Esta tensión caracterizó nuestra relación con la Islaa finales del siglo XIX durante lo que llamamos con bastante ignorancia “la guerra hispano-americana” (para los cubanos fue su guerra de independencia) que culminó en la infame enmienda Platt (1901). Esta concedió a EEUU el derecho –y la responsabilidad– de intervenir en Cuba para “proteger su independencia” –el colmo de la prepotencia de un poder mundial.

Esta misma actitud arrogante y muy a menudo ignorante ha caracterizado una buena parte de nuestra política de embargo y cambio de régimen hacia Cuba desde el triunfo de la Revolución en 1959 hasta la fecha.

Lo que los mexicanos dicen jocosamente sobre su relación cercana pero difícil con EEUU también aplica a Cuba: “Pobre de Cuba, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”

Pero con su nueva política de acercamiento, Obama ha rechazado explícitamente la meta de cambio de régimen y ha pedido al Congreso que revoque el embargo. Además, al reanudar relaciones diplomáticas con Cuba y abrir una embajada durante el verano pasado, Obama implícitamente reconoce la soberanía nacional cubana (con o sin los hermanos Castro al mando).

Pero este giro importante, necesario y histórico en nuestra política hacia Cuba no es el final del cuento sino solo el comienzo porque nos deja echar a un lado el embargo y enfocarnos cada vez más en la relación entre el gobierno cubano y su propio pueblo diverso y adolorido.

Mientras EEUU tiene que reconocer y respetar la soberanía de la nación cubana para poder llegar a una “normalización” entre estados, por su parte el gobierno cubano tiene que reconocer que su soberanía nacional –como la de cualquier país– se fundamenta en la soberanía popular de todos y cada uno de sus ciudadanos, a quienes ha tratado como súbditos durante décadas.

En otras palabras, para llegar a ser un país “normal”, el gobierno cubano tiene que reconocer “los derechos ajenos” de su propio pueblo. No porque Obama u otro presidente norteamericano lo dicte sino porque el propio pueblo cubano lo exija y merezca.

Es verdad que el apóstol de la independencia cubana José Martí pintó a Cuba como un “David” frente el poder imperial del “Goliat” de los EEUU en su última carta, escrita el día antes de morir en combate contra el ejercito español el 19 de mayo de 1895. Pero Martí también rechazó a los caudillos y el mando de los militares y líderes no democráticos para el futuro de Cuba cuando escribió estas palabras a general Máximo Gómez en 1884: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

Si hay una metáfora sencilla para captar la naturaleza del “modelo cubano” a lo largo de la revolución, es esta: trágicamente, el pueblo ha sido convertido en un ejército y su papel como buenos soldados no ha sido otro que obedecer órdenes de los generales Castro.

En este contexto, si bien Cuba ha lidiado injustamente con un embargo externo y mal intencionado durante más de 50 años, también ha manipulado esta amenaza para crear –cínicamente– el autobloqueo interno en contra de su pueblo al manejar todo un país como si fuera una plaza sitiada.

El refrán, “en una plaza sitiada la disidencia es traición”, nos indica las consecuencias terribles de tal modelo para la sociedad civil cubana.

Aunque la visita del presidente Obama a Cuba corre el riesgo de legitimar en persona un régimen no democrático, también le da al mandatario norteamericano la gran oportunidad de decir clara y directamente –tanto al pueblo cubano como a la comunidad internacional– que ya no es la política de EEUU “bloquear” su prosperidad económica y aislarlos de la revolución digital mundial.

Cuando los cubanos vean que el propósito de Obama –el Presidente del supuesto “país enemigo” de Cuba– no es otro que tender puentes económicos y de telecomunicaciones hacia ellos, mientras siguen siendo pobres, aislados y bloqueados internamente más de 15 meses después del comienzo del acercamiento, va a dejar al desnudo el propósito de su propio gobierno. La política rígida y autoritaria de la élite gobernante en la isla es la que bloquea sus esfuerzos y sueños para un presente y futuro mejor.

Sin un chivo expiatorio foráneo a culpar y a la falta de un Mesías salvador extranjero, está cada vez más claro que la solución a los muchos y complejos problemas internos de Cuba tiene que venir desde adentro de la nación y a través de un diálogo inclusivo entre cubanos.

Profesor asociado de sociología y estudios latinoamericanos de Baruch College, Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

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