Opinión Sobre Cuba

Cuba, Obama y las visitaciones

No soy amigo de los saraos políticos. Me aburren. En Estados Unidos los he podido evitar, sin mayores consecuencias sociales. Tratar de esquivarlos en Cuba, sin embargo, podía conducir a serias dificultades si aspirabas a seguir tus estudios en una carrera universitaria diseñada solo “para revolucionarios”, según la retórica oficial.

Además de los llamados trabajos voluntarios “obligatorios”; los 45 días como parte del adoctrinamiento académico conocido como La escuela al campo; las becas, que también fueron obligatorias en algún momento, y los tres años de Servicio Militar Obligatorio, la verdadera matraquilla de la congregación política castrista eran los recibimientos a mandatarios solidarios con la revolución.

Algunos líderes y no pocos dictadores deleznables llegaban de África, Europa socialista y Asia. La fatigante mecánica de bienvenida se repetía con muy pocas variantes. Por supuesto que no había respeto por horarios, pues el régimen era el gran administrador y decidía nuestros destinos.

Podía suceder que centros laborales completos y escuelas eran cerrados desde mucho antes del evento para que miles de personas fueran enviadas en ómnibus a la Plaza de la Revolución o a las orillas de las carreteras donde eran conminados a mostrar entusiasmo ante la llegada de los extraños convidados, tan ajenos a nuestra idiosincrasia.

El escritor cubano Antón Arrufat, “parametrado” durante muchos años por el castrismo y confinado a una biblioteca de Marianao donde debía amarrar paquetes de libros y revistas, ha contado como lo liberaban de sus obligaciones laborales por ser considerado una persona no confiable, cada vez que alguna caravana presidencial tomaba la ruta cercana a la biblioteca.

Aquellos “trenes” de visitaciones luego se transfiguraban en interminables discursos transmitidos y reproducidos minuciosamente por los medios de prensa y hasta en el Noticiero ICAIC, durante las funciones cinematográficas de barrios, que tampoco podía eludirlos.

Cuando los líderes eran importantes para el régimen, como los provenientes de la Unión Soviética antes de la llegada de Gorbachov, al final de sus estancias en la isla, se editaba un libro de fotos, peroratas y opiniones que luego se llenaban de polvo en las estanterías de las librerías.

“El futuro pertenece por entero al socialismo”, fue uno de los lemas que encabezó la llegada de algún secretario general del partido comunista. Con ese y otros desdichados vaticinios ha debido sobrevivir hasta el día de hoy el pobre pueblo cubano, siempre en la encrucijada de intereses internacionales diversos, alentados por la dinastía de los Castro, de acuerdo a sus planes de permanencia en el poder.

En poco más de medio siglo de llegadas y despedidas de personas entonces poderosas, llenas de promesas, siempre enfocadas en el futuro; después de que el propio Fidel Castro dijera “ahora sí vamos a construir el socialismo”, cuando todos pensaban erróneamente que el engendro se entronizaba en la isla, el saldo es de fracaso y desolación. Los jóvenes escapan a como dé lugar y los ancianos vagan en la incertidumbre como zombies de la guerra fría.

Es entonces que aparece, cual mesías, un presidente de los Estados Unidos a pocos meses de cumplir su último término en el poder. Las esperanzas de mejoría reverdecen con razones más plausibles, aunque el joven salvador advierte que los cubanos deben solucionar sus propias cuitas. Se acabaron las intervenciones e invasiones imaginarias del imperialismo.

“Lo que queda ya de esta ceremonia legendaria es circo”, apunta frustrado el cineasta Juan Carlos Cremata. “O la manera de La Lupe: “puro teatro”. Mutis por el foro. Seguido de aplausos, o abucheos, por ambas partes. Partidarios y contendientes se proclamarán triunfantes. Y de nuevo el tiempo; léase, la historia, nos lapidará sus resultantes”.

Crítico y periodista cultural.

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