Opinión Sobre Cuba

Espejismos

En El tren de la línea norte, un documental del cineasta cubano Marcelo Martín, una mujer devastada por la miseria, quien dice tener cincuenta años y aparenta mucho más, declara ante la cámara que no solo en Haití hay una miseria grave y, para atestiguarlo, guía al director por la debacle de su vecindario en un barrio marginal del pueblo de Falla, donde los techos son una falacia y las crecidas de aguas albañales depositan en la cuartería todo tipo de detritus contaminantes.

Forman parte de las comunidades abandonadas a su suerte en la isla, azoladas por tormentas y huracanes de la madre naturaleza, y por un régimen implantado a la cañona que lleva mucho tiempo coartando la capacidad evolutiva de una población conminada a otras alternativas para subsistir.

Lo dice un testimonio anónimo que figura en el documental: “Aquí todos tienen que robar para vivir” y habla del conocido que le echaron 17 años de prisión por sacrificio ilegal de ganado.

En el mismo filme se recuerda lo que fuera un pueblo próspero con producción azucarera y pecuaria, entre otros renglones económicos, donde incluso hubo un estadio de pelota que, según uno de los entrevistados, desapareció ante las narices de la indiferencia gubernamental local. También perdieron la sala de cine, y el alcoholismo hace estragos entre jóvenes y adultos.

En La última frontera, documental de Carlos Y. Rodríguez, de la legendaria Televisión Serrana, una cuadrilla de obreros trabaja atendiendo el bosque de una zona montañosa del oriente cubano que pudiera ser la región ideal del turismo ecológico para el desembarco de los ansiados visitantes americanos.

Hacen escaleras, trazan caminos, ingenian miradores y balcones en medio de una belleza natural deslumbrante y la remuneración nunca llega a tiempo, no tienen albergues y apenas estímulos para continuar tan hermosa labor. De tal modo, la zona se va quedando despoblada.

En un Noticiero ICAIC de 1989, que su director Francisco Puñal tituló “Reportaje a la vinagreta”, se hace mofa de la desaparición del vinagre de la siempre magra estantería minorista habanera. Una sola procesadora, donde antes se fabricaba la soda Royal Crown Cola, es la encargada de producir el que requiere la parte occidental del país.

La cámara recorre el deterioro de la instalación y un jefe de planta aclara que están “confrontando” problemas con una máquina de lavar botellas, lo cual ha disminuido muchísimo la producción. Luego encuentran una de origen español en la región de Holguín, la trasladan a La Habana, y aunque tiene piezas defectuosas logran echarla a andar “con trabajo voluntario”.

Después se ve el patio de la fábrica, cual basurero de botellas vacías, y entrevistan a un dirigente que achaca las dificultades, en general, a la maquinaria obsoleta empleada que “ya no se utiliza en ningún lugar del mundo”. El plan de desarrollo del país tenía previsto, según este “compañero”, la adquisición de nuevos aparatos, lo cual, por supuesto, no ocurrió.

Pasan los años y estamos en el 2016 y la ministra de la industria alimenticia truena inútilmente en el parlamento castrista. Las quejas del sector son numerosas. Los robos a tutiplén: “Este es un problema que no está resuelto en la industria alimentaria y de la pesca en Cuba, pero no conviviremos con bandidos, delincuentes, hipócritas e irresponsables que tratan de vivir del sudor del pueblo”. O sea hay que borrar a los añejos dictadores.

Palabras sin resonancia donde regresan los apagones y el transporte público es una pesadilla, ahora que los llamados boteros son hostigados otra vez.

Un editorial de The New York Times comenta, sin embargo, que se vislumbra la esperanza.

Crítico y periodista cultural.

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