Opinión Sobre Venezuela

Las leyes de la política

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, preside un desfile militar en Caracas el 1 de febrero.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, preside un desfile militar en Caracas el 1 de febrero. AP

Entre los años 1953 (cuando inicié mi travesía en el enigmático oficio de la Política) y 1956 o 57 descubrí dos apolíneas verdades, sin respeto a las cuales no hubiéramos salido de la dictadura que nos ponía en el cuello su claveteada bota militar. Inútil evitar la asfixia vomitando ruidosas amenazas. Nunca podríamos honrarlas sin la fuerza que solo con paciencia, frías decisiones políticas y tiempo, logramos acumular. Tener más que el otro en un momento y lugar dados cambió a nuestro favor la relación de fuerzas. Pese a carecer de arsenal bélico, el 23 de enero de 1958 y el 6 de diciembre de 2015 –tomemos solo esos dos entre innumerables casos– David venció a Goliat. Asegurar que nunca saldrán del mando “porque tienen las armas” es el argumento de ese escepticismo indolente que se deja impresionar por la apariencia de los hechos.

La primera de esas verdades es que la Política es una ciencia, como, desde 1870 había postulado Emile Littré. Y la segunda, que también es un arte, según Paul Robert, idea insertada en el Diccionario Alfabético y Analógico de la Lengua Francesa. Para países de cultura pública superior a la nuestra eso de mezclar la “ciencia” y el “arte” es lo que proporciona un rumbo cierto a los movimientos. No digo que la suma de ambos conceptos “garantiza” la victoria, porque nadie puede dar semejante garantía. En la vida pública intervienen desordenadamente tantos factores que serán quizá el azar o la suerte los últimos peldaños que puedan llevarnos a la victoria. Lo que la ciencia-arte de la Política puede hacer, y es muchísimo, es precisar el rumbo de los acontecimientos y ayudar al liderazgo responsable a definir medidas que puedan acelerarlo y densificarlo. Siempre será mejor un liderazgo motivado al logro que otro dado a oírse a sí mismo desde la tribuna o embriagado de radicalismo en sí y por sí, venga o no a cuento.

La disidencia opositora y hasta donde alcanzo a ver, la que como la verdolaga se multiplica en el ámbito oficialista, coinciden en algo decisivo: Maduro y su política deben salir democráticamente del poder, siempre de manera pacífica, constitucional y electoral. A todos conviene que el cambio sea civilizado y ordenado de modo que se establezca una democracia capaz de ponerle fin al tema de los perseguidos de hoy convertidos en perseguidores de mañana, en diabólico círculo vicioso que de no ser cortado por la nación unida, podría hacernos sucumbir en un océano de sangre y violencia, una especie de reedición criolla de la guerra de los cien años librada por los nobles británicos de las dos rosas.

¿Por qué la AN no aprovecha su mayoría para dictar la amnistía, cambiar el TSJ, aplicar la enmienda constitucional, castigar las violaciones a la Constitución, nombrar los rectores del CNE, etc, etc?

¿Cuesta tanto entender que aún no se dispone de suficiente fuerza? La creencia de que sea asunto de voluntad o de ocupar las calles “hasta que se vayan”, es una lamentable ingenuidad que impide aprovechar mejor la caída en barreno de la popularidad y la gestión del gobierno, a fin de hacer valer el enorme potencial de los partidarios del cambio, en el país, fuera del país, en la población y en el sector oficialista.

Pareciera que la principal falla de la dirección consista en no manejar con entera probidad estas realidades y por eso no ubica el problema en el lugar que le corresponde. El asunto luce claro, aunque quizá todavía no lo esté. La fuerza del gobierno es la bayoneta, la del cambio democrático, el pueblo. Pero la tendencia tiene a aquél braceando contra la corriente, dados el volcánico deterioro del país y su impopularidad universal. En cambio, la disidencia va con la corriente, recrecida por su expansión hacia la acera oficialista y la creciente solidaridad que le está brindando el mundo. El gobierno no hace nada para revertir la tendencia. Aislado y atemorizado, no se atreve a ofrecer un gesto que sea percibido favorablemente en Venezuela, en el mundo, en la disidencia del país y en la que avanza con fuerza dentro del oficialismo. Por lo tanto, en la aplastante mayoría partidaria del cambio hay o debería haber ya una absoluta certeza sobre el Objetivo, el Método y el Estilo de esta histórica lucha.

El Objetivo se ha ido abriendo paso: en este momento hay que centrarse fieramente en la salida electoral. El Método busca, en consecuencia, lograr la más amplia unidad nacional. Unidad sin exclusiones, sin pases de recibo, sin reservarse el derecho de admisión, sin hacer de la suspicacia una reata paralizante, sin agitar odios que resten y dividan en lugar de sumar y multiplicar.

Si el Método es función del carácter amplio del Objetivo, el Estilo lo es de la amplitud del Método. Un estilo de mano tendida, de razones antes que resonancias huérfanas de ellas, de sumar a todo el que sea sumable, neutralizar –que no acosar– a quienes no se pueda sumar, y de no olvidar jamás que por su enorme extensión la fuerza de esa unidad reside afortunadamente en su pluralidad. Es multicolor como el país. Sin arriar banderas, sin que nadie tenga que pensar como los otros, puedan confluir todos en un punto ineludible: remover juntos, sin violencia, un gobierno que, a más de sus trágicos resultados, impide polemizar sin temor a ir a la cárcel, ni de ser amordazado o despedido por ejercer el sagrado, el humano derecho de disentir.

Analista político venezolano.

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