Roland J. Behar

ROLAND J. BEHAR: Dos tragedias

Es común para quien se dedica a escribir artículos de opinión enfrentarse a temas álgidos y, en ocasiones, controversiales. Engorrosa tarea que hay que “tomar por los cuernos” aunque conlleve quizás herir algunas sensibilidades o mover criterios que, por reiterados no dejan de ser irreales.

El uso de la palabra Holocausto se hace popular alrededor del siglo XIII. Su origen proviene de la combinación latinizada de dos palabras griegas: holus- todo y kautus- quemado, en otras palabras, “todo quemado”. En el libro de Levíticos (6,9) aparece en referencia al sacrificio de un buey sin mácula, que se sacrificaba y se quemaba, sin incluir el cuero, en homenaje a D-os. Desde la tragedia de la Ha Shoah (La Catástrofe, en hebreo) perpetrada por los alemanes nazis y sus colaboradores en el resto de Europa, la palabra tomó realmente un significado nuevo, muchísimo más trágico, pues se redefinió, específicamente, con respecto al sacrificio y la aniquilación masiva del pueblo judío.

Independientemente de lo que hacían las tropas de los SS dentro y fuera de los campos de concentración utilizando cámaras de gas en sus instalaciones, en camiones de transporte o asesinatos indiscriminados a balazos, la población, imbuida por el antisemitismo endémico en la Europa de entonces –que, lamentablemente, vuelve a enseñar sus garras– denunció y masacró a mansalva a los judíos que hasta ayer habían sido sus vecinos, compañeros de trabajo o de escuela.

¿Por qué es judío el Holocausto? Porque fue un genocidio - perpetrado desde 1939 hasta 1945, sólo 6 años, con un saldo de más de seis millones de víctimas por hombres y mujeres de todos los países europeos contra los judíos, por el solo hecho de serlo. Nunca les consideraron, ni antes, ni entonces, sus conciudadanos. Eran los otros en la sociedad europea, como han sido los afrodescendientes en toda América en uno u otro momento de la historia, pero aun así, a nadie se le ocurriría –y espero que nunca suceda– eliminarles físicamente con la intención de borrarles del mapa.

Según información proporcionada por mi colega en estas páginas y Presidente del prestigioso Instituto de La Memoria Histórica Cubana, mi amigo Pedro Corzo, luego de meticuloso análisis y estudio de la tragedia cubana afirma, que en los cincuenta y cinco años que ya dura la dictadura comunista, el número de fallecidos por causa del castrismo es de alrededor de 7,500 entre fusilados, muertos en combate y desaparecidos, además de más de medio millón de cubanos que has sido encarcelados por periodos que van desde varios días hasta 30 años de prisión. Si consideramos los datos aportados por el Memorial Cubano con respecto a las tragedias en el Estrecho de La Florida intentando huir del país la cifra, de los muertos y desaparecidos aumenta a unos 10,000. Horrible.

El caso cubano no deja de ser una espantosa tragedia, pero las atrocidades han sido perpetrados por cubanos contra cubanos, por el sólo hecho de pensar o actuar diferente a la norma establecida desde la sangrienta cúpula, y obedecida por millones de sus conciudadanos. Son cubanos los que fusilaron, encarcelaron, torturaron desaparecieron, hundieron barcos cargados de niños en plena Bahía de La Habana. Fueron cubanos los que fusilaron en el aire a cuatro solidarios compatriotas cuyo único objetivo era salvar a sus hermanos que, desesperados, se lanzaban al océano en busca de libertad aunque hasta ayer hubieran aplaudido al régimen. Son cubanos los esbirros de las fuerzas represivas y de Seguridad del Estado. Son cubanos los que desde sus ínfimos tronos de los Comités de Defensa de la Revolución han denunciado y truncado las vidas y los posibles desarrollos profesionales y/o laborales de sus vecinos. No les victimizaron por ser cubanos, sino por oponerse o sencillamente no obedecer al tirano. Los cubanos tenían la opción de no involucrarse y no les pasaba nada; los judíos no tenían esa opción.

La tragedia cubana por horripilante que sea no es un Holocausto.

Quienes me conocen saben que soy tan cubano y tan judío como el que más, y que la causa de la libertad de Cuba ha sido mía desde que tengo memoria, pero además como judío me lastima la comparación por desproporcionada y, sobre todo, porque no ayuda a la causa cubana pues al establecerla corremos el riesgo que nos llamen exagerados y le resten magnitud a nuestra tragedia. No es un accidente la poca solidaridad que hemos sufrido los cubanos incluso de parte de nuestros “hermanos” latinoamericanos. A veces decimos lo que no nos conviene como puede que lo esté haciendo yo hoy.

En fin, este comentario lo he estado pensando por mucho tiempo y tengo que decirlo: la cubana es una tragedia horrible, pero no es un Holocausto. ¿A Ud. no le parece? A mí, sí.

  Comentarios