Vicente Echerri

Los ojos del progreso

A las 8:30 de la noche del pasado sábado 17, viajaba yo en un taxi por Manhattan —camino al restaurante donde debía encontrarme con un amigo que ese día cumplía 90 años— cuando estalló el artefacto explosivo en la calle 23 que dejó alrededor de una treintena de heridos y, afortunadamente, ningún muerto. Aunque debo haber estado cerca del lugar en el momento del estallido, no tuve el menor indicio del suceso hasta que llegué a medianoche a casa: el bullicio de la ciudad sirvió para amortiguar el siniestro ruido de la bomba.

Desde luego, en el propio lugar de los hechos, hubo gente aterrada que corrió y el previsto protocolo de los cordones policiales, pero la ciudad, en general, no se dio por enterada de este incidente con que pretendió asustarla un aprendiz de terrorista al que capturaron al otro día. Para quienes vivimos la tragedia del 11 de septiembre, lo del sábado fue un torpe simulacro en que ni siquiera el musulmán autor de los hechos fue capaz de alcanzar el martirio y la consiguiente entrada en el paraíso que, conforme a su fe, Alá reserva para los autores de estos crímenes. Todo un fiasco del que es justo alegrarse.

En las calles de Nueva York (como de otras muchas ciudades) siguen estando los objetos en torno a los cuales se produjo y se resolvió esta parodia del pasado fin de semana: los tanques de basura y las cámaras de vigilancia. Ambas cosas son tan omnipresentes en el paisaje urbano que uno casi las pasa por alto, pero suelen estar por todas partes, los primeros de manera evidente, y las otras, casi invisibles, documentando todo lo que pasa como el infatigable Gran Hermano. Si los contenedores de desperdicios pueden servir, por su estructura metálica, para potenciar los efectos del bárbaro estallido; las cámaras cumplen su función de revelarnos el rostro y los andares del criminal.

Algunos protestarán por esta constante vigilancia que, potencialmente, pone a todos los transeúntes ante los ojos de la policía. Yo la acepto como parte del precio que hemos de pagar por la seguridad. No me inquieta que mi buena conducta ciudadana sea observada y filmada, pero me tranquiliza un poco que ese expediente sirva para rastrear a los infractores de la paz pública que son también los enemigos jurados de la sociedad donde vivo. Andamos más confiados por las calles donde podrían hacernos volar por los aires porque sabemos que el Estado que sufragamos con nuestros impuestos vigila con los cien ojos del mítico Argos.

En el trueque perdemos sin duda algo de nuestra libertad, pero no parece haber alternativas: no podemos regresar al pasado, como querrían algunos anarquistas y otros que se autodenominan conservadores, aunque no difieren mucho en objetivos de los primeros. No podemos volver a los coches de caballo ni a la ingenuidad de una vida bucólica como han pretendido, de manera pintoresca, las colonias de los amish y como quieren, desesperada y ferozmente, esos bolsones de fundamentalistas musulmanes que, por aferrarse a un modo de vida que el mundo deja aceleradamente atrás, no encuentran más salida que morder los talones del nuevo orden que terminará por aplastarlos y suplantarlos. El conflicto que vivimos puede reducirse así a sus términos más simples: se trata del enfrentamiento de dos maneras de vivir, de dos cosmovisiones que no pueden coexistir en la pequeñez de límites de esta “aldea global”. La cólera de los destinados a la derrota los lleva a dinamitar los tanques de basura de la urbe bulliciosa y despreocupada, pero, desde lo alto, el futuro garantiza su triunfo con las cámaras.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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