Vicente Echerri

Entre lo malo y lo peor

Donald Trump, el candidato a la presidencia por el Partido Republicano, ha prometido —según divulgaron algunos medios— comportarse con mayor acometividad cuando se enfrente de nuevo a su contrincante, la candidata demócrata Hillary Clinton. Tal vez lo haga y tal vez le reporte algún beneficio. De momento, los analistas son casi unánimes en darle el triunfo a ella en este primer debate del pasado lunes, opinión que yo comparto.

En el punto de defender sus ideas y su plataforma, Trump se mostró evasivo y vacilante, en tanto Clinton hizo gala de mayor aplomo al resaltar no sólo lo que sería su agenda como jefa de Estado, sino los agujeros negros en el currículo de su opositor: la opacidad de sus estados financieros, su falta de responsabilidad para con sus empleados, el racismo que alguna vez rigió en sus empresas de vivienda… De estos cargos Trump se defendió con torpeza —cuando no intentó justificarlos. El encuentro le fue adverso, ciertamente, aunque tal vez sea temerario pronunciarse sobre las consecuencias de esos tropiezos en las urnas.

Si Clinton estuvo mejor de lo esperado, y Trump, peor, el match de este lunes servía para resaltar también la falta de un liderazgo inspirador en la política de este país, algo que viene sucediendo desde hace muchos años, pero que se ha ido acentuando en cada una de las recientes elecciones. En 2008, la novedad de un negro en la boleta electoral despertó el entusiasmo de un sector de la población favorable a los cambios (en este caso de color), pero, a la larga, la mediocridad (es decir, la medianía) de Barack Obama ha resultado insoslayable. Esa medianía, cuando no abierta grisura, ha caracterizado a los mandatarios estadounidenses y a sus adversarios electorales en los últimos treinta años hasta llegar al punto donde nos encontramos hoy: aquel en el que Hillary Clinton puede parecer presidenciable por las marcadas deficiencias de su opositor.

Creo de veras que si en el país más poderoso de la tierra, con el mayor desarrollo científico y tecnológico que se haya conocido en la historia, donde prosperan cientos de universidades y centros culturales y de investigación, con una población que sobrepasa los 300 millones de habitantes, tenemos que elegir entre Hillary Clinton y Donald Trump luego de una desgastadora campaña de primarias de más de un año, estamos en presencia de una crisis profunda de la sociedad estadounidense, una grave falta de vocación política o una tergiversación de los mecanismos de la democracia.

Para mí, el defecto más obvio es la improvisación, la ausencia de una auténtica carrera política, tal como puede verse todavía en algunos países europeos, sobre todo en Gran Bretaña, donde los líderes se van haciendo desde abajo y en un lento proceso de aprendizaje y decantación en el servicio público antes de llegar al liderazgo de cualquier partido; esa improvisación, que algunos consideran inherente al sistema presidencialista, se radicalizó, es decir, se hizo más impredecible y anárquica, desde que las elecciones primarias sustituyeron a los aparatos partidarios en la búsqueda y nominación de los candidatos. Ahora basta una buena cantidad de audacia y de dinero para montar un espectáculo frente a los potenciales electores.

Habría que preguntarse también por qué las mentes más lúcidas de la nación insisten en mantenerse al margen de la política y le ceden el campo a los aventureros y arribistas hasta llegar a este momento de indiscutible decadencia en que los votantes son convocados a elegir entre lo malo y lo peor, y en el que cualquiera de los dos candidatos que triunfe en noviembre pondría a Estados Unidos en la lista de los perdedores.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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