Vicente Echerri

La hora de Ucrania

La historia se repite, pero no siempre como farsa. A veces la tragedia vuelve por sus fueros con la misma violencia con que lo hizo décadas o siglos antes. Los que rehúsan aprender de la Historia, o simplemente la ignoran, volverán a cometer los mismos errores —haciendo bueno el célebre apotegma de Santayana—, sobre todo los que, por estar al frente de las naciones, han de asumir las grandes responsabilidades.

Las gestiones conciliatorias y apaciguadoras de la canciller de Alemania Angela Merkel y del presidente de Francia François Hollande frente a la flagrante intervención rusa en Ucrania no podrían ser más obsequiosas y débiles. Las bravuconadas y el descaro de Putin, su mentirosa manipulación de los hechos, su ambicioso programa expansionista debieron ser frenados con mucha mayor firmeza por Occidente, sobre todo robusteciendo los arsenales ucranianos con los armamentos convencionales de última generación que los rusos —como bien se sabe— no están aún en capacidad de igualar. Era menester, al tiempo de solidarizarse con la integridad territorial de Ucrania, pararle en seco los pies —patas más bien— al oso Putin.

Las democracias occidentales, más allá de este repertorio de sanciones que no ha servido para disuadir a los rusos de sus ambiciones, han hecho poco más que regañar a Putin por su mala conducta, como quien le diera una palmadita casi afectuosa a un niño díscolo: “Eso no se hace, señor Putin. Pertenece a otra época, compórtese, saque su artillería y sus hombres de Ucrania, de lo contrario no va a poder sentarse más a comer con nosotros, lo cual sería una lástima, ¿no cree?” Cualquier parecido con la actitud benévola —y culpable— de Francia e Inglaterra cuando consintieron que Hitler se tragara a Checoslovaquia no es una coincidencia, sino un patrón de irresponsabilidad y cobardía que se repite y por el cual habrá que pagar mañana precios mucho más altos.

Putin, educado en los métodos siniestros, turbios y mendaces de la KGB, debe de reírse de estos reclamos de decencia que le hacen sus amigos europeos. Se tragó Crimea sin resollar y ahora espera absorber la Ucrania oriental, que es la zona más industrializada de ese país. Su proyecto es que Ucrania no escape a su esfera de influencia, no se occidentalice y, en consecuencia, no sea dueña próspera de sus propios recursos, que perviva a la vera de Rusia como un Estado cliente. Por lograr tal, a Putin no le ha importado desatar una guerra que ha ocasionado varios miles de muertos y decenas de miles de desplazados y que ha traído inmensas calamidades para los mismos descendientes de rusos cuyo bienestar él dice defender y a quienes nadie discriminaba ni perseguía en Ucrania.

El cese al fuego firmado en Minsk el pasado viernes y que los rebeldes no respetaron en el asedio de Debalseve no era garante de la paz ni antes de ser violado. Este miércoles, las tropas ucranianas abandonaban la ciudad, luego de denodada resistencia, para restablecer sus líneas más allá. El resultado es desmoralizante para los ucranianos que, el año pasado, lograron rechazar a los rebeldes y recuperar aproximadamente la mitad del territorio que estos alguna vez tomaran. Las declaraciones de Angela Merkel de que el conflicto no puede ganarse por la vía de las armas es un testimonio de debilidad y de impotencia que se asemeja demasiado a la actitud sumisa de Neville Chamberlain frente a los apetitos del nazismo en 1938. Creer que el destino de toda Europa no está en peligro —y que consentir el sacrificio de Ucrania no ha de afectar a los demás— es una peligrosísima ilusión que puede tener catastróficas consecuencias.

Una vez más, la libertad y los valores de la cultura occidental corren peligro y, de nuevo, las naciones que pueden frenar a tiempo ese peligro optan por una diplomacia insensata, creyendo que la voracidad de los agresores se contentará con esta presa, dispuestos, aunque no lo confiesen, a sacrificar a las víctimas en pro de un acomodo que no perturbe su tranquilidad; pero, como la historia bien enseña, el apetito de los depredadores no se frena más que con un contundente golpe en el hocico y si, en esta guerra provocada en Ucrania, los rusos salen exitosos, lo único que se logrará será animarlos a que vuelvan a hacerlo en otros escenarios, como pueden ser los países bálticos. Si tal ocurre, Europa Occidental —y, desde luego, Estados Unidos— no podrán volver a sacar los naipes de la diplomacia, sino los cañones, y ese conflicto será, sin duda, más grave y más costoso.

© Echerri 2015

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