Vicente Echerri

Miedo a la irrelevancia

La crisis del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —que dio lugar el sábado pasado a la renuncia de su secretario general, Pedro Sánchez, luego de un día entero de debates en su sede central de Madrid— puede compararse al paso del huracán Matthew por Haití: la más antigua formación política de España, con un siglo de existencia, quedaba virtualmente rota y destartalada. Desde los otros grupos, en particular su archirrival, el Partido Popular, los comentarios eran de respetuosa conmiseración, aunque muchos, en su fuero interno, se alegraran del gigantesco rifirrafe.

El largo bloqueo que el PSOE había impuesto en la Cámara de Diputados para impedir que el PP gobernara terminaba por volverse en su contra, igual que una bomba que estalla en las manos de quien está a punto de lanzarla. Esta semana los “barones” socialistas se afanaban en reparar el desastre con los buenos oficios de una “gestora”, una especie de comité de salvamento que administra el partido hasta que un Comité Federal, que ha de reunirse en los próximos días, defina el rumbo y afirme el liderazgo. En el ínterin, son muchos los votantes del PSOE —militantes o no— que pasan del asombro a la decepción. Algunos analistas opinan que las deserciones son masivas. De haber otras elecciones próximamente, las pérdidas de los socialistas serían aún más cuantiosas.

¿Cómo una fuerza política de tanta solera, que ha gobernado más que ninguna otra en España en los últimos cuarenta años, puede haber llegado a esta crisis? ¿Cómo la imposibilidad del Partido Popular (la fuerza más votada de los últimos comicios) de constituir un gobierno repercute tan negativamente entre los socialistas al punto de desbaratar su liderazgo?

La respuesta es una sola palabra: miedo, miedo a la irrelevancia. Con el surgimiento de Podemos, la formación populista que se ha posicionado como una tercera fuerza electoral en el parlamento español, el PSOE, que había sido rostro y referente de la izquierda en España desde la transición, se enfrentaba de pronto a un problema de identidad: el partido encabezado por Pablo Iglesias se proponía arrebatarle el discurso y una buena parte de sus escaños; si no afianzaba su pertinencia, corría el riesgo de desaparecer. Ese temor —bien fundado por demás, que se ha reflejado en la disminución de su representatividad en los dos últimos comicios— está en el tuétano de su crisis actual. Que Mariano Rajoy no haya podido ser investido presidente por falta de cooperación de los socialistas no es más que un problema colateral o circunstancial.

Los socialistas encabezados por Pedro Sánchez entendieron que tenían que oponerse por todos los medios a un gobierno de los populares porque la identidad les iba en ello, porque ese papel era lo único que podía separarlos —frente a los electores— de la total irrelevancia. Si, por el contrario, facilitaban el gobierno de la derecha, aunque fuese con su abstención, se convertían en una fuerza cooperadora del establishment conservador y, automáticamente —al menos así lo entendían y lo siguen entendiendo algunos— le cedían su puesto a los podemitas. En otras palabras, si no eran el rostro más visible de la izquierda, no tenían razón de existir.

Sin embargo, la falta de un gobierno constituido se ha sobrepuesto a los otros problemas. Los que hicieron saltar a Pedro Sánchez comparten el miedo, pero creen que la irrelevancia les puede venir también por la inacción, que el electorado puede castigar su tozudez con una mayor deserción en las urnas. De ahí que veamos en breve a un partido que alguna vez fue sólido optar in extremis por el menor de los dos peligros que le acechan.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

  Comentarios