Vicente Echerri

Destino insular

El 15 de octubre de 1815 —201 años exactos a la fecha— Napoleón veía asomarse en el horizonte, desde la cubierta de la fragata inglesa Northumberland, el contorno de la isla de Santa Elena, que es poco más que una roca en medio de la inmensidad del Atlántico Sur. Chateaubriand, cuyas Memorias de ultratumba leo en estos días con deleite, compara ese avistamiento con el de Colón —también en octubre, más de trescientos años antes— cuando el gran navegante descubre para los europeos la primera de las islas de América.

La semejanza es puntual: el momento en que ambos hombres, separados por más de tres siglos, miran desde un barco a su destino representado por una pequeña isla del mismo océano. La analogía no se extiende más allá de esa estampa. Colón se enfrenta al inicio de la aventura de exploración y de conquista que habría de inmortalizarlo; Napoleón en cambio, después de haber sido el amo de Europa (que era casi como decir del mundo), tiene el primer atisbo de la prisión a que lo han destinado sus enemigos y de donde no ha de salir con vida. Admito, no obstante, que hay una cierta simetría en ese primer instante de contemplación no exento de asombro.

El destierro de Napoleón a su isla cárcel no tenía precedentes en la reciente historia europea. Los reyes derrotados o destronados podían morir en batalla, como Juan de Bohemia en Crecy (1346) y Ricardo III en el campo de Bosworth (1485); o en el cadalso, como Carlos I (1649) y Luis XVI (1793), pero Napoleón, después de Waterloo y de su segunda abdicación, opta por entregarse a los ingleses a quienes pide asilo (los prusianos aspiraban a ejecutarlo) y estos deciden recluirlo para siempre en un peñasco en medio del Atlántico. Esta novedosa decisión le otorga al emperador en desgracia un escenario singularmente trágico, que le convierte en una suerte de figura mítica: Santa Elena vista como el castigo ejemplar que los dioses le imponen a quien quiso llegar al Olimpo con sus águilas. Así lo hubieran escrito los griegos de tiempos de Homero.

Chateaubriand —que no fue bonapartista o no lo fue por mucho tiempo— juzga la decisión de los ingleses como un acto de deliberada crueldad y mala fe, pero también como un error, ya que sirve para resaltar la peculiar grandeza del desterrado y acrecentar su leyenda; del mismo modo que considera una vanidosa trivialización el traslado de los restos del emperador a París en 1840 y su inhumación en el portentoso mausoleo de Los Inválidos: la tumba sencilla de la isla remota está más acorde con la insólita trayectoria del ilustre soldado.

Sin embargo, con ese traslado los franceses cumplían con la última voluntad de quien dijera “quiero que mis cenizas descansen a orillas del Sena”, en el centro mismo de lo que había sido el teatro de sus hazañas de militar y de político. Colón, en cambio, que muere en Valladolid pobre y abandonado por el poder al que ha servido, pide que sus restos sean llevados a América, al Caribe, que fuera el escenario de sus proezas de explorador y de marino (esto se cumple en parte y da pie a una disputa que hasta hoy dura).

En este anhelo último vuelven a coincidir los dos notables personajes si bien desde aceras opuestas: Bonaparte, que fallece en medio del Atlántico, quiere que lo lleven a descansar a Europa; Colón muere en Europa soñando con dormir para siempre a orillas del mar que descubrió para Occidente y al que debe su fama.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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