Vicente Echerri

Odio y miedo en las urnas

Si Hillary Clinton sale electa presidente de Estados Unidos, tal como predicen la mayoría de los analistas y las encuestas, sería la candidata más detestada que llegara al poder en toda la historia del país, con la posible excepción de Donald Trump, si este ganara. De ahí que la mayoría de los votantes, podría afirmarse, ejercerá su derecho a elegir no tanto por simpatías hacia el candidato por el que vota cuanto por odio o temor hacia su contrincante. Perderá el que más detestaciones hacia sí logre sumar en la casilla del contrario (estado por estado, claro está).

El panorama electoral no es, pues, nada halagüeño y somos muchos los que nos acercamos a los comicios con un sentimiento de frustración y hasta de asco. ¿Por qué hemos tenido que llegar hasta aquí? ¿Qué ha fallado en la maquinaria política de ambos partidos para que nos veamos frente a esta opción?

Las razones para temer o rechazar a Donald Trump resultan más obvias: su arrogante ignorancia, sus bravuconadas, sus prejuicios, su mal gusto han estado a la vista de todos desde el primer día. En esto, la responsabilidad del Partido Republicano, que está ahora mismo dividido y maltrecho por esta campaña, es más de omisión que de acción. El establishment del partido subestimó a Trump, lo vio como un improvisado a quien los propios azares de la campaña de primarias se encargarían de demoler (al tiempo que temían rechazarlo no fuera a presentarse como independiente y a reproducir el fenómeno de Ross Perot que tan desastroso resultó para los republicanos en las elecciones del 92). No imaginaban, desde luego, que este multimillonario neoyorquino sin credenciales políticas ni religiosas podría subvertir las bases del partido y captar a los militantes que estaban en sus antípodas: trabajadores, granjeros del Midwest, piadosos evangélicos… Los resultados de ese descuido están a la vista. Trump dio un golpe de Estado populista que ha puesto al descubierto las debilidades del Grand Old Party y ahondado su fractura. El tradicional liderazgo republicano no manda ahora mismo en sus filas y esto es muy grave.

Hillary Clinton es igualmente odiada, pero los motivos para ello son más sutiles, como distinto ha sido su camino al encumbramiento. La revista The Economist, con su habitual mesura, analizaba en un largo artículo de su último número las razones de este odio y, objetivamente, no encontraba muchas en qué fundamentarlo, más allá de las percepciones de carácter y trayectoria. Clinton es rechazada desde su paso por la Casa Blanca como Primera Dama, por no avenirse al tradicional papel de decoradora y anfitriona del hogar nacional e insistir en participar en la política (aunque sin mucho éxito visible, acordémonos de su fallido proyecto de salud). La lealtad a su marido cuando el escándalo de Monica Lewinsky no se le reconoce por virtud, sino como evidencia de su sed de poder, al que sacrificó su pisoteada dignidad de esposa. Que aspirara después a un asiento en el Senado confirma ese apetito que luego se completa con su gestión al frente del Departamento de Estado, donde ciertamente incurrió en pifias. Que ahora aspire a la presidencia es ya una desmesura ¡pero qué se ha creído! Se trata de la percepción de un carácter al que no ayuda su falta de carisma. Clinton puede ser competente, pero cae mal. Contra eso hay poco que hacer. A diferencia de Trump, ella ha contado siempre con el beneplácito de la dirigencia del Partido Demócrata, lo cual hace a este responsable activo del dilema que atraviesa el país y el cual tendría que imponerle una profunda reflexión aunque su candidata sea la menos odiada el 8 de noviembre.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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