Vicente Echerri

La larga vida de Raoul Wallenberg

En días pasados, 71 años después de su misteriosa desaparición, la Superintendencia de Impuestos del gobierno de Suecia declaraba oficialmente muerto a Raoul Gustaf Wallenberg, arquitecto, empresario y diplomático a quien se le reconoce como la persona que salvó al mayor número de judíos —decenas de miles— de ser enviados a los campos de exterminio.

Desde su puesto como enviado especial de Suecia en Hungría (país aliado de los nazis), el joven Wallenberg (nacido en 1912) se impuso como primera misión la de salvar a judíos húngaros que eran enviados por millares a los campos de concentración y de muerte. En el breve tiempo que duró su misión diplomática (de julio a diciembre de 1944), Wallenberg expidió decenas de miles de documentos que convertían virtualmente a húngaros perseguidos en ciudadanos suecos, a quienes luego alojaba en edificios protegidos por inmunidad extraterritorial antes de facilitar su emigración. Eran los últimos meses del régimen nazi y su maquinaria de muerte trabajaba a un ritmo frenético en su llamada “solución final”. Podría pensarse que el hitlerismo, que para entonces puede haber empezado a tener conciencia de su derrota, aspiraba a que ningún judío de Europa sobreviviera a su Göttterdämmerung.

Contra ese empeño criminal se movilizaba el enviado sueco en Budapest y su misión de salvamento se tiene como una de las más notables de la historia. Meses después, cuando el Ejército Rojo entra en la capital húngara, desaparece de repente sin dejar rastro y pese a los reclamos insistentes de familiares, de gobiernos y de las muchas personas que le agradecían y aún le agradecen la supervivencia.

Se sabe sí que el 17 de enero de 1945, la SMERSH, la agencia de contrainteligencia del Ejército Rojo, lo arresta por acusaciones de espionaje y lo envía a Moscú, donde según algunas fuentes, fallece dos años después en la siniestra prisión política de Lubianka; según otras, su deceso tiene lugar en un gulag estalinista en 1952. Resulta curioso que los minuciosos archivos de la policía política soviética no hayan aportado datos concluyentes sobre el destino de este joven a quien tantos en el mundo tienen por héroe.

En el Museo del Holocausto en Jerusalén, donde reconocen, con el nombre de “Los justos entre las naciones”, a los hombres y mujeres —de diferentes religiones, etnias, clases y profesiones— que arriesgaron su vida (y a veces la perdieron) en el esfuerzo de salvar a judíos en medio de la persecución, tiene un lugar destacado el diplomático sueco que en la acción solidaria pareció hallar una verdadera realización personal.

Pero no sólo en Israel lo honran. Monumentos y calles llevan su nombre en varios lugares del mundo y numerosos países han emitido sellos de correos con su efigie. En 1981, se creaba en Estados Unidos el Comité Raoul Wallenberg “para perpetuar los ideales humanitarios” del hombre que, pudiendo quedarse en la pasiva indiferencia, optó por el activo compromiso frente al horror. Ese mismo año, el representante Tom Lantos, uno de los muchos salvados por Wallenberg, conseguía que el Congreso de este país le otorgara el título a su protector de “Ciudadano Honorario de Estados Unidos”, una distinción que hasta entonces sólo había recibido Winston Churchill.

Ahora, su familia y su gobierno cierran el caso sin que por esto resuelvan el misterio que rodeó su final. Tal vez es cierto que también espiaba para Estados Unidos, como se le oyó decir a algunos rusos. De ser así, esto tendría que agregarse a sus méritos: el de defensor de la libertad frente al totalitarismo comunista que, al final de la segunda guerra mundial, se cernía aterradoramente sobre Europa.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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