Vicente Echerri

El inmerecido Nobel de Bob Dylan

Bob Dylan durante un concierto en enero de 2012 en Los Ángeles.
Bob Dylan durante un concierto en enero de 2012 en Los Ángeles. AP

Bob Dylan acaba de anunciar que no estará en Estocolmo el próximo 10 de diciembre en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura. Y el desplante —a la Academia Sueca que le otorgó, inmerecidamente en mi opinión, la prestigiosa distinción— no puedo evitar que me alegre. Que este juglar deje plantada a la venerable institución que le negó el premio literario a Jorge Luis Borges pareciera un acto de justicia divina.

Cuando se dio a conocer el nombre de Dylan, el mundo reaccionó con sorpresa, aunque no se trataba del primer dislate. Años atrás le habían dado el premio a Darío Fo, que no era más que un mimo, para no hablar de escritores oscuros, mediocres y de segunda que lo han recibido frente a una lista de autores de mayor jerarquía intelectual y de obra más universal y sólida que se han muerto sin él. Con los desaciertos de estos albaceas del dinero y el nombre de Alfred Nobel podría hacerse un buen libro. Bob Dylan no es más que el fiasco más reciente.


¡Pero si Dylan no es escritor! Se comentó con asombro en casi todos los medios de la tierra. Bueno, en un sentido muy lato del término podría serlo. Ha sido compositor de canciones a las cuales se les atribuye una intención literaria. Algunos han llegado a compararle con Homero que ni siquiera escribió, sino que iba de pueblo en pueblo recitando sus célebres poemas. No hay duda que las canciones del estadounidense han tenido mayor difusión y han sido más populares de lo que fueron en su momento los versos del rapsoda ciego, además… tiene una cierta proyección de izquierda y eso siempre ha tenido su peso —sobre todo en el último medio siglo— a la hora de otorgar el premio, aunque de la izquierda habría de recibir el mayor desaire.


Jean Paul Sartre lo rechazó de plano cuando se lo otorgaron en 1964. Entonces dijo que el Nobel era una institución que sólo premiaba a escritores de Occidente o a disidentes de Europa Oriental. Denunciaba que se lo hubieran dado a Pasternak (1958) y no a Shólojov (a quien la Academia premió al año siguiente, 1965) o a Neruda (que lo recibió en 1971). Poco más de una década después, el célebre galardón de las letras iría a las manos de García Márquez, que era poco menos que un testaferro y correveidile de Fidel Castro y escritor regular (alguien dijo que de su Cien años de soledad sólo valían la pena los primeros cincuenta) hasta tocar fondo en 1997 con Darío Fo al que ya la Academia dijo que premiaba por razones abiertamente extraliterarias, “por emular a los bufones de la Edad Media en la autoridad flagelante y por defender la dignidad de los oprimidos”. Los premios a José Saramago, Günter Grass y Harold Pinter servían de sobrado mentís a los prejuicios de Sartre. El premio a Dylan viene a subrayar un descrédito que se va haciendo tradición.


Desde el principio, el Premio Nobel de Literatura traicionó la intención del que lo instituyera. Alfred Nobel lo concibió como un estímulo a la creación literaria, más bien para escritores que comenzaban, pero el galardón —acaso obedeciendo a un facilismo— se lo han concedido siempre a personajes con carreras hechas y mundialmente famosos. En esto último, Bob Dylan no constituye una excepción, Asombra lo distante que parece encontrarse del quehacer habitual del escritor. El que ahora decida no acudir a recogerlo —pese a lo honrado que dice sentirse— viene a respaldar la opinión de los que creemos que nunca debieron otorgárselo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

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