Vicente Echerri

Criterios de un tiempo viejo

LONDRES — 2016 está por terminar y todos nos felicitamos de llegar, de marcar ese hito una vez más y no haber quedado en los obituarios del año que termina. Algún día no rebasaremos esa fecha y se hablará de nosotros en pasado. Esto lo sabemos desde siempre, pero apostamos por la supervivencia de otro año. Es tan radiante el mundo que nos cuesta trabajo pensar que podamos alguna vez prescindir de él y, lo más atroz, que el mundo pueda prescindir de nosotros, que seamos contados entre las “bajas” que no enturbiarán el regocijo de los que siguen vivos.

Cualquiera está tentado a decir —sobre todo desde la distancia de los nacidos a mediados del pasado siglo— que el tiempo no ha transcurrido y que la infancia, con todas sus maravillosas experiencias inéditas, está al doblar de la esquina, apenas un momento antes, e incluso nos atrevemos a imaginar que ese tiempo feliz es recuperable, que podemos recobrar la inocencia y los juegos, algo que sólo algunos ancianos logran con la senilidad.

Sin embargo, el tiempo sí ha pasado y su paso ha barrido, alterado y subvertido el mundo al que nos asomamos de niños. La gente de mi generación, por ejemplo, vivió su niñez en un mundo donde los mayores constituían una rigurosa jerarquía que marcaba todos los aspectos de la vida. Los niños vivían en y para la obediencia que se imponía en el hogar y era reforzada en la escuela, donde los castigos corporales eran la norma (los maestros repartían reglazos, bofetones y hasta fustazos a la menor provocación y con el apoyo incondicional de los padres). Jamás interrumpíamos o desmentíamos a una persona mayor, jamás dejábamos de ponernos de pie cuando un mayor entraba en nuestra aula, jamás nos levantábamos de la mesa antes de que lo hubiera hecho quien la presidía, jamás llevábamos una gorra puesta bajo techo, jamás dejábamos de dar las gracias si nos hacían un regalo ni de pedir disculpas ante un error. El conjunto de estos hábitos bien llamados “reglas de urbanidad” también formaba parte del currículo y se impartía como una asignatura.

La década del sesenta —que en Cuba coincidió con la llegada de la revolución— alteró drásticamente, en casi todas partes, el orden establecido. La llamada “contracultura” trajo consigo la subversión de los valores y el desplome de las jerarquías. Los buenos modales fueron catalogados de hipócritas. La sinceridad y honestidad de los nuevos tiempos daban pábulo a la grosería, a la ordinariez y al desaliño. Vestirse mal se convirtió en un signo de la época. Los andrajos entraron en la moda y se volvieron “chic”. El irrespeto se presentaba como una afirmación de la libertad y del carácter.

Desde entonces, con altibajos, han pasado tres generaciones que desovan y reproducen la fealdad de sus hábitos. Ya hay hippies viejos, que son los más patéticos. En días pasados, en un restaurante de la pintoresca ciudad de Wells —la más pequeña de Inglaterra— me detuve a observar a una familia que cenaba en la mesa contigua. Me llamó la atención el estilo simiesco con que comían los niños, para darme cuenta, un instante después, de que sus padres no lo hacían mejor ni tampoco los abuelos, quienes también estaban sentados a la mesa. Los malos modales se habían institucionalizado con el tiempo. Sencillamente, habían pasado muchos años, muchos fines de año, y yo estaba insistiendo en juzgar la realidad con los criterios de una época —cercana y entrañable para mí— pero de la que muy pocos hoy se acuerdan.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2016

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