Vicente Echerri

Noche de Epifanía

Tres hombres disfrazados de los Reyes Magos desfilan en la Calle Ocho de Miami el 12 de enero del 2014.
Tres hombres disfrazados de los Reyes Magos desfilan en la Calle Ocho de Miami el 12 de enero del 2014.

MADRID — Los Reyes Magos están por llegar y en esta ciudad sigue siendo un acontecimiento esperado por millones de niños. En otros países ya se acabó la Navidad, apenas iniciado el Año Nuevo, pero en España y en los países herederos de su cultura la fiesta se prolonga justamente hasta la noche en que, según la tradición, llegan a visitar y adorar al recién nacido tres vistosos personajes que vienen de lejos guiados por el fulgor de una estrella.

El Evangelio no dice que los que siguieron la estrella para encontrar al Cristo fueran reyes ni fueran tres. El relato bíblico habla de “magos”, en el sentido de sabios o astrólogos que, orientados por una estrella, vinieron “del Oriente” para adorar al Mesías recién nacido. Si nos atenemos a los detalles de esta narración, los visitantes eran una suerte de astrónomos itinerantes que procedían de lo que es hoy Irak o Irán y que hicieron este largo recorrido hasta Israel para celebrar el nacimiento de un niño judío: un viaje de buena voluntad que, veinte siglos después, nos parecería del todo inconcebible.


Estos magos, luego de torpes indagaciones que les llevaron al palacio de Herodes el Grande, a quien, sin proponérselo, dieron la pista del Mesías infante (lo que tuvo como secuela la matanza de los inocentes y la huida de la sagrada familia a Egipto) llegaron hasta la cuna del recién nacido con tres regalos: oro, incienso y mirra. Estos tres regalos que simbolizan, nos han dicho, el triple ministerio de Jesús —su exaltación real, su oficio sacerdotal y su muerte expiatoria— dieron pie a la creencia de que los donantes eran tres, y posteriormente, basándose en un pasaje del profeta Isaías (60:3), a que no sólo eran magos, sino también reyes. Los nombres por los que hoy se les reconoce y se les aguarda se registran en la temprana Edad Media.


Sin embargo, desde el punto de vista del mensaje cristiano, lo más importante de estos personajes no era su condición de magos o de reyes, sino de extranjeros, de no judíos, lo cual resalta que el mesianismo hebreo había traspasado ya las fronteras de su cultura y se proclamaba una religión universal. El recién nacido no es sólo el que “salvará a su pueblo de sus pecados”, como anunciara el ángel a los pastores la noche de Navidad, sino también “la luz para alumbrar a las naciones”. De aquí por qué a la visitación de los reyes magos también se le conoce como la fiesta de la Epifanía o de la manifestación; en la cual Jesús, el Mesías de Israel, se da a conocer a los otros pueblos del mundo representados en las personas de los ilustres visitantes.


Se dice que los restos de los auténticos tres reyes magos se encuentran en la catedral de Colonia, templo que está bajo su advocación. Por puro azar, visité esa catedral un 6 de enero, cuando las reliquias de los reyes magos son expuestas a la veneración pública, y sentí la tristeza de quien visita la tumba de familiares entrañables asociados a lo mejor de la infancia.

Es muy dudosa la veracidad de estas reliquias que se conservan en la catedral alemana, ni pruebas hay de la existencia histórica de tres sabios que viajaran en busca de Jesús guiados por una estrella “en días del rey Herodes”; pero a los niños les ilusiona la visita anual de estos tres imponentes personajes que llegan en camellos, cuyos cencerros, en la noche de Epifanía, suenan con un timbre más auténtico y venerable que los cascabeles de los ciervos voladores de Santa Claus.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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