Vicente Echerri

La era de Trump

El presidente Donald Trump saluda al público después de jurar su cargo en el Capitolio de Washington, junto a su esposa, Melania (izq.), y su hija Tiffany.
El presidente Donald Trump saluda al público después de jurar su cargo en el Capitolio de Washington, junto a su esposa, Melania (izq.), y su hija Tiffany. AP

Donald Trump ya es presidente de Estados Unidos, para consternación de muchos (seis de cada diez norteamericanos según encuestas recientes) y esperanzada expectativa de los que, bien repartidos en la geografía del país, lo han llevado al poder. El nuevo mandatario estrena el cargo reiterando sus promesas de campaña con la voz y gesto zafios que ya le conocemos —¿por qué habría de cambiar?— y que a este columnista le resultan tan desagradables.


El presidente Trump dice que quiere devolverle el poder al pueblo arrebatándoselo a las élites capitalinas. Y esa proclama, que puede sonar embriagadora melodía en los oídos de sus fieles votantes, a mí me parece carente de verdad, burda demagogia que puede encontrarse en los libros, en todos los libros que Trump seguramente no se ha leído como para atreverse a decir lugares comunes como si fueran novedad. No importa lo que acabe de decir Trump, el gobierno federal de Estados Unidos seguirá en Washington manejado por burócratas expertos que, aun viniendo de fuera, se convertirán en parte del establishment tan pronto los arrope el poder, como ha sido siempre y como debe ser. Lo demás —este discurso inaugural repleto de afirmaciones tremendistas— es espectáculo para la galería. Los que mandan seguirán mandando, si bien con el agregado deber de pastorear a este multimillonario vocinglero que quiere ser populista: una suerte de Nicolás Maduro que habla inglés con énfasis de cantina y lleva corbatas desmesuradamente largas.

¿Podrá significar la llegada de Trump a la Casa Blanca un cambio tan drástico como el que acaba de prometernos? ¿Desprotegerá las fronteras de otros países en pro de la defensa interna? ¿Hará que vuelvan las industrias que se han ido? ¿Levantará la infraestructura de la nación —carreteras, puentes, vías férreas— que actualmente se encuentran al borde de la ruina? Tal vez, pero los resultados no siempre serán apetecibles, ni para él ni para el pueblo a quien corteja. Gobernar, como ya deben haberle dicho, es tarea ardua y que exige, como cualquier oficio, una experiencia de la que el nuevo mandatario anda huérfano. Amargas decepciones le aguardan en el ejercicio de su flamante poder, y tantas como para que nadie sienta envidia por su puesto.


¡Ojalá pueda cumplir algo de esta pomposa agenda, sobre todo en lo tocante a ese ambicioso plan de obras públicas que en verdad hacen falta y que generarían un enorme volumen de empleos! ¡Ojalá su gestión contribuya a mantener y a acrecentar la hegemonía militar de este país, no para encerrarse en sus fronteras, sino para cumplir con mayor eficacia su misión de gendarme internacional que le ha impuesto su propio destino! Trump cree que su sola fuerza de voluntad basta para torcer ese destino, pero afortunadamente, el gobierno de Estados Unidos es una difícil colegiatura —hecha de avenimientos y componendas— como él empezará a darse cuenta desde el primer momento en que ingrese como titular en la Oficina Oval.

Seremos testigos, en estos cuatro años que se cuentan a partir de ahora (u ocho, si los votos y las propias fuerzas del Presidente dan para otro período), de un intento de doblegar la realidad, de hacerla coincidir con el capricho o los designios de una tozuda personalidad narcisista. Trump lo hace por sport, por probarse a sí mismo, no tanto por entrega a una causa de espaldas a la cual ha vivido toda su vida. El empeño puede ser seriamente traumático. No obstante, por ser el líder de todos (no sólo de los que votaron por él) pese a lo que dicen los fanáticos activistas de la izquierda vociferante, deseémosle que le salga bien.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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