Vicente Echerri

Europa, Europa

El escándalo por uso indebido de fondos públicos que se destapó recientemente en Francia contra el principal candidato de la derecha moderada, François Fillon, y su consecuente descenso en las encuestas electorales puede tener graves repercusiones en toda la política europea. Sin incurrir en apuestas tremendistas, el derrumbe de Fillon hace mucho más posible la presidencia de Marine Le Pen y todo lo que ello puede traer: el triunfo de un populismo nacionalista —que por definición es enfermizo— y el posible fin de la Unión Europea.

En los 71 años transcurridos desde el fin de la segunda guerra mundial, Europa ha disfrutado del mayor período de paz desde el Renacimiento (si descontamos la guerra de los Balcanes en la década del 90 y el conflicto de menor intensidad que se libra en Ucrania). En ese tiempo, la creación, desarrollo y creciente integración de la Unión Europea es uno de los más ambiciosos y admirables logros políticos de la historia, incluido el sistema de la moneda única, por muchas debilidades y defectos que sus detractores puedan apuntarle, del mismo modo que el repunte de los nacionalismos —que el año pasado nos trajo el Brexit y que este año puede llevar a Le Pen al Elíseo— es realmente ominoso.

No hay que olvidarse del “teatro de los hechos”: Europa, crisol de la civilización más pujante que ha conocido el mundo, ha sido también el escenario de las guerras más atroces y de los experimentos políticos más criminales y desastrosos: las dos guerras mundiales estallaron —y se libraron básicamente— en ese territorio más bien pequeño, (en comparación con resto del planeta) y el fascismo y el comunismo, cabezas de la misma hidra totalitaria, surgieron y se implantaron allí en primer lugar con las pavorosas consecuencias que conocemos.

Aún nos sorprende —con razón— que naciones tan cultas como Alemania y el Imperio Austrohúngaro precipitaran la catástrofe de la primera guerra mundial, del que estas poderosas monarquías terminarían siendo víctimas, como asombra también el fenómeno del totalitarismo y el precio inmenso que pagaron las sociedades donde se llevó a cabo ese espantoso experimento. El comunismo en Europa Oriental duró hasta hace un cuarto de siglo. Es a la luz de esos horrores, que jalonan la historia europea del siglo XX, que debemos juzgar —y celebrar— lo que Europa ha alcanzado en materia de integración económica y política, por precaria que pueda parecer y por atractivos y conmovedores que puedan sonar para muchos los románticos nacionalismos.

La salida de Gran Bretaña de la Unión, que nuestro presidente de estreno ha celebrado, es una barbaridad en su sentido literal (es decir, un acto de barbarie, una agresión a la integración civilizada); mucho más grave sería que Francia fuese por el mismo camino, es decir, que fuese presa de la misma crispación aldeana que podría encontrar eco en todas las naciones de su entorno, Alemania la primera. Si se desmoronase la Unión Europea, sería el fin del proyecto más noble y hermoso de la historia contemporánea, precisamente por haberse levantado en el ámbito de las mayores pasiones políticas y de los crímenes más atroces. Sin tener presente esto último, no podríamos entender ni valorar la importancia de lo que Europa ha logrado en estos años ni el benéfico ejemplo que ello significa para los que lo miramos desde lejos.

Es muy preocupante el presente auge de los fervorosos patriotismos y el entusiasmo que despierta en muchos —que por ignorar u olvidar las lecciones de la historia parecen dispuestos a repetir sus errores—, pero la preocupación se acrecienta cuando ese auge se produce en Europa, precisamente en el mismo terreno donde esas mismas ideas dieron ya tan espantosos resultados.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

  Comentarios