Vicente Echerri

Stefan Zweig, una advertencia para el mundo de hoy

Retrato sin fecha del novelista austríaco, dramaturgo, periodista y biógrafo Stefan Zweig (1881 - 1942).
Retrato sin fecha del novelista austríaco, dramaturgo, periodista y biógrafo Stefan Zweig (1881 - 1942). AP

Este miércoles se cumplieron 75 años de la muerte de Stefan Zweig, prolífico escritor austriaco cuyos libros, traducidos a numerosas lenguas, fueron lectura de media humanidad. Hoy no es tan popular como lo fuera hasta hace medio siglo, pero sus obras siguen editándose y aún pueden leerse y releerse con placer. No hace mucho, volví a leer El mundo de ayer, ese nostálgico retrato de la Europa que precedió a la primera guerra mundial y que Zweig mandó a la imprenta la víspera de que él y su mujer se suicidaran en Petrópolis, la hermosa ciudad brasileña que le recordaba su paisaje natal. Escrito cuando se cernía sobre Europa la sombra ominosa del nazismo, esa autobiografía, al tiempo que un canto a una época desaparecida, constituye también una advertencia y una denuncia de las ideologías tiránicas y los estrechos nacionalismos que superpusieron la barbarie ancestral a la cultura y el odio ciego a la humana fraternidad.

Zweig había nacido en 1881 en una acomodada familia judía de la Viena imperial y en medio del largo reinado de Francisco José I. Por ser un conglomerado de pueblos y lenguas, el imperio austrohúngaro era un espacio de bastante tolerancia con una próspera y prominente colonia judía plenamente integrada y de la cual saldrían figuras de relieve mundial: compositores revolucionarios como Mahler y Schoenberg; psiquiatras eminentes como Freud y Adler… Zweig pertenece a esta promoción de notables. Crece y se educa en ese tiempo de las últimas décadas del siglo XIX y primeros años del XX en que los europeos creyeron que la guerra era una calamidad superada que sólo pervivía en la periferia de la civilización, en el atrasado y explotado mundo colonial.

Una persona dotada de sensibilidad, inteligencia y medios para educarse podría realizar con holgura el sueño de refinamiento de lo que se llamó La Belle Époque, proyecto bastante frágil, como se vio después, y que vendrían a alterar un magnicidio y las ambiciones imperiales de alemanes y austríacos. El glamoroso mundo donde habían transcurrido los primeros treinta años de Zweig dio paso a una monumental carnicería que no haría más que duplicarse veinte años después de firmada la paz. A los horrores de la guerra vendrían a sumarse los crímenes típicos del totalitarismo, la xenofobia, la exclusión racial y el genocidio. El autor que proponía una Europa sin fronteras internas tuvo que huir de las tierras que amaba por el estigma de una raza que él no tenía presente y de unas tradiciones culturales que no practicaba. Sus libros empezaron a ser quemados por los nazis.

Decepcionado por la situación del mundo —y sin advertir el cambio de rumbo que imponía la entrada de Estados Unidos en la contienda— a Zweig lo vencieron el escepticismo y el fatalismo histórico. No pudo imaginar el triunfo de la libertad en el corto plazo, mucho menos el desplome más tardío del experimento comunista. La Unión Europea, con su moneda común y sus fronteras abiertas, habría sido la concreción de sus más caras esperanzas.

Sin embargo, el auge actual de los populismos nacionalistas, con las aprensiones y recelos que siempre le acompañan, parecería venir a reivindicar su pesimismo. El horizonte de Occidente empieza a nublarse otra vez y en todas partes se percibe una creciente crispación. El movimiento de inmigrantes indeseables motiva la erección de cercas y de muros y el aumento de los controles policiales y aduanales. Un terrorismo de nuevo cuño invita, como es de suponer, a la desconfianza y el miedo. Si Stefan Zweig pudiera asomarse al mundo de hoy, acaso encontraría razones para justificar la decisión que le llevó a dejar bruscamente la escena hace setenta y cinco años.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

© Echerri 2017

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