Vicente Echerri

Acaso una declaración inoportuna

La orden ejecutiva del presidente de Estados Unidos por la que se les imponen sanciones (congelación de bienes en instituciones norteamericanas y prohibición de ingreso al país) a siete altos funcionarios del gobierno de Venezuela se anunciaba con una severa advertencia de parte de Barack Obama. El presidente dijo que el deterioro de la situación en ese país sudamericano “constituye una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”.

Los términos de la advertencia —que deben de haber sido cuidadosamente escogidos— sonaban deliberadamente desmesurados y no se equiparaban con la categoría de las sanciones que sólo se aplican a un puñado de funcionarios y que dejan intacto el cuantioso monto de los negocios del Estado venezolano en Estados Unidos, incluida la venta de petróleo. Hay, visiblemente al menos, una desproporción, entre las sanciones mismas, casi simbólicas, y el tono amenazante con que se anuncian. Esta discrepancia entre hechos y palabras por lo menos es digna de atención.

Que Estados Unidos considere la situación de Venezuela una amenaza extraordinaria a su seguridad nacional y a su política exterior es una declaración ciertamente insólita y seria, y no es del todo descabellado que Nicolás Maduro la haya interpretado como un amago de derrocamiento. ¿Constituye Venezuela esta amenaza para Estados Unidos que dice Obama? Cuesta trabajo creerlo, si bien la crispada situación política de ese país —incluidas las sistemáticas violaciones a los derechos humanos y la grave crisis económica que se acrecienta por días— hace pensar en un estado fallido cuyo falta de funcionalidad repercutiría negativamente en otros países con los que tiene relaciones comerciales; pero de ahí a convertirse en una amenaza extraordinaria parece mediar un gran trecho.

Cabe, pues, preguntarse: ¿qué sabe el presidente Obama sobre Venezuela —que los demás ignoramos— para proferir advertencia tan seria? ¿Es tan urgente su preocupación que lo lleva a alterar el clima de la política continental a un mes escaso de encontrarse con Maduro y sus socios en la VII Cumbre de las Américas (a celebrarse en Panamá el 10 y 11 de abril) o se trata de un mero alarde? Si es lo primero, ¿qué otra cosa se propone hacer el Presidente —más allá de estas nimias sanciones— para hacerle frente a esa amenaza? Si un gobierno extranjero —suficientemente vulnerable, además, como el de Venezuela— se convierte en un grave peligro para esta superpotencia, sus ciudadanos esperamos que nuestro gobierno tome las medidas necesarias para neutralizarlo, es decir, para derrocar ese régimen. Maduro, en la acera de enfrente, llega con razón a las mismas conclusiones.

¿Se dispone Estados Unidos activamente a promover un cambio de gobierno en Venezuela? Después de decir cosas tan serias, uno se inclinaría a pensar que, en estos momentos, ya se habrían cursado órdenes de movilización al Comando Sur y a la IV Flota para la remoción forzosa de ese tinglado de chimpancés —más que de gorilas— que es el gobierno semidictatorial de Venezuela.

Desafortunadamente, Estados Unidos, y este Presidente en particular, no creo yo que estén por ejercer sus prerrogativas imperiales y dar una muestra efectiva de poder en este su precario traspatio. Tienen demasiado en cuenta ciertas opiniones, cuidan mucho su imagen, tal vez es cierto que han empezado a ser un imperio en declive.

Si las cañoneras y los aviones no han de seguir a las palabras del Presidente, entonces éstas habrán servido para fortalecer al tambaleante gobierno de Maduro y darle un buen pretexto para galvanizar —aunque sea por un tiempo— a sus fieles y reprimir con mayores bríos a la oposición. Si estos son los resultados netos, las declaraciones que hoy tantos aplauden vendrían a sumarse a las torpezas de este presidente y no serían nada más que ridículas cuando se juzguen, dentro de un mes, a la luz de sus sonrisas y apretones de mano con algunas de estas bestezuelas del sur.

©Echerri 2015

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