Vicente Echerri

Cuando el coraje es un deber

Un herido es transportado por personal de servicios de emergencia en Londres, después de un ataque frente al Parlamento, este miércoles.
Un herido es transportado por personal de servicios de emergencia en Londres, después de un ataque frente al Parlamento, este miércoles. AP

El mismo día que conmemoraban en Bruselas el primer aniversario de los atentados que costaron la vida de 32 personas, el conductor de un auto atropellaba a varios peatones en el puente de Westminster, en Londres, y luego agredía con un puñal a un policía antes de ser abatido. Queda por ver si el autor de la acción terrorista de este miércoles es un agente del autodenominado Estado Islámico, arrinconado actualmente en Siria e Irak por las fuerzas de la coalición que lo combate, o si se trata de un individuo que ha recogido el llamado a la violencia que grupos terroristas difunden por las redes sociales o alguien que incluso se radicalizara por su cuenta. En cualquier caso, lo ocurrido sirve para recordarnos que los enemigos de la democracia y de la civilización occidental ya están dentro y, aunque débiles, pueden hacer gran perjuicio a la estabilidad pública, por cuenta del caos y del pánico que provocan.

La secuela más grave de este suceso —más allá de las cuatro muertes que reporta la prensa, incluida la del atacante — fue, a mi ver, que la Cámara de los Comunes, que se encontraba sesionando, suspendió sus funciones, y a la primera ministra Theresa May sus guardias de seguridad sacaron del Palacio de Westminster en volandas. Que un terrorista aficionado, como parece ser el autor de esta agresión, haya podido interrumpir las funciones del gobierno británico (un gobierno que alguna vez funcionó debajo de las bombas nazis) revela una vulnerabilidad institucional sin precedentes. Ese efecto es más preocupante que la propia existencia del terrorismo.

Cuando, en la Constantinopla del siglo VI, el emperador Justiniano estaba a punto de huir ante una rebelión popular que había estallado en el estadio; su mujer, la emperatriz Teodora, le recordó su dignidad con una frase que ha pasado a la historia: “los que han llevado alguna vez la púrpura imperial tienen que morir con ella”, lo cual disuadió al César de su huida y terminó por imponerse a los rebeldes. En tiempos mucho más recientes, el presidente español Adolfo Suárez dio una muestra de valor ejemplar cuando él —y el diputado comunista Santiago Carrillo— permanecieron sentados en sus escaños el 23 de febrero de 1981, ignorando la orden de tirarse al piso de aquel grupo de militares insubordinados que protagonizó un intento de golpe de Estado.

Los poderes constituidos no deben verse a merced de estas iniciativas de delincuentes amateurs que en la interrupción de una sesión parlamentaria podrían encontrar sobrada justificación para sus actos, pues revela que los funcionarios públicos tienen más miedo del que les permite el ejercicio de su cargos, en un mundo que ya no es seguro (si es que alguna vez lo fue) y donde el terrorismo se ha instalado para quedarse.

La desaparición física del Estado Islámico en el Oriente Medio, e incluso de sus filiales africanas, o la erradicación de los ya muy diezmados focos de Al-Qaeda, no eliminarán la amenaza terrorista en las democracias occidentales, más bien pueden acrecentarla, ya que, privado de su centros ideológicos, el yijadismo quedará sujeto al capricho de estos “lobos solitarios” que seguirán encontrando una motivación en sus agresiones al orden social y a las instituciones que estas encarnan. La prevención policial y de los servicios de seguridad ha sido muy eficaz, sobre todo en Europa y Estados Unidos, pero nunca podrá reducir a cero la amenaza del terror. Lo ocurrido esta semana en Londres es casi seguro que se repetirá, lo que no debe repetirse es la reacción de pánico o excesivo resguardo de parte de los que la ciudadanía ha puesto al mando de su destino colectivo.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

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