Vicente Echerri

Vigencia de la causa primera

Un manifestante durante una protesta contra la decisión de la Corte Suprema de tomar los poderes del Congreso dirigido por la oposición en Caracas, Venezuela, 31 de marzo de 2017.
Un manifestante durante una protesta contra la decisión de la Corte Suprema de tomar los poderes del Congreso dirigido por la oposición en Caracas, Venezuela, 31 de marzo de 2017. Bloomberg

El autogolpe que Nicolás Maduro acaba de orquestar mediante el decreto del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, que arrebata sus poderes a la Asamblea Nacional, viene a ratificar el carácter autoritario del chavismo —en el mismo momento en que la Organización de Estados Americanos debate la situación venezolana y contempla la imposición de sanciones a ese país.

La descarada acción del TSJ encona la situación, refuerza los argumentos del adversario y provoca declaraciones de condena en casi todo el mundo; sin embargo, pese a lo previsible de esas reacciones y en medio de la peor crisis de los últimos 17 años y sus altísimos índices de impopularidad, el chavismo, en lugar de buscar fórmulas conciliatorias que puedan sacar a Venezuela del atolladero donde esa gestión la ha hundido, opta por radicalizar el proceso y atrincherarse en el poder, prescindiendo de una de las pocas máscaras que le quedaban.

Sabedor de que en las próximas elecciones con un mínimo de honradez el oficialismo sería derrotado, el señor Maduro (lo de señor no está dicho en serio) acentúa las contradicciones en un gesto de desesperación. Cree, debe creer, que él, amparado por sus turbas y sus sicarios incompetentes, tiene un derecho sacrosanto a mandar que le otorga la unción revolucionaria, aunque la gran mayoría de sus conciudadanos opine lo contrario. Este credo es antiguo, los reyes absolutos ya eran de la misma opinión y los tiranos de todos los tiempos e ideologías siempre lo han defendido. Es una obsesión enfermiza que tiene gran solera y arraigo, responsable de muchos sufrimientos a lo largo de los siglos y que sólo se cura en el patíbulo.

Los cubanos, que en América ostentamos el decanato de esta calamidad —la dictadura ineficaz de izquierda— nos sentimos solidarios de los venezolanos y lamentamos, como es de suponer, este asalto a la democracia de parte de uno de los poderes públicos que existe para defenderla. Al mismo tiempo, creo que a muchos de nosotros nos anima una amarga satisfacción, porque durante mucho tiempo los gobiernos democráticos de Venezuela previos al chavismo, y muchos miembros de sus clases dirigentes (políticos, empresarios, intelectuales, periodistas) fueron obsecuentes con el castrismo —que ha asolado a Cuba como una plaga— y, en gran medida, sus cómplices.

Si por los venezolanos decentes, que padecen diariamente el chavismo en las calles, siento genuina simpatía, por todos aquellos que durante muchos años, desde el poder o en los medios de prensa, coquetearon babosamente con el mayor liberticida que ha habido en este hemisferio, esta nueva vuelta de tuerca no deja de alegrarme, amén de que viene a darnos la razón a todos los que siempre dijimos que el chavismo no era otra cosa que una metástasis del cáncer castrista.

De ahí por qué sigo creyendo que la remoción del tumor primario es pertinente hoy como hace tres décadas o medio siglo, no importa los afeites (viajes, embajadas, pequeños negocios) con que una vieja tiranía haya querido enmascarar su podredumbre. Mientras La Habana sobreviva como excrecencia y bastión del totalitarismo, sus réplicas están garantizadas. Por eso la OEA —si fuera en verdad una organización seria— tendría, al juzgar la crisis venezolana, que mirar hacia Cuba como principal fuente de irradiación de este morbo que transmite, de manera indefectible, opresión ciudadana y ruina económica. Aunque Castro y Chávez estén muertos, los capos y los testaferros siguen estando en su lugar.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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