Vicente Echerri

La sana resistencia del establishment

Poco más de dos meses han pasado desde su toma de posesión, y la agenda “populista” de Donald Trump ha empezado a convertirse en agua de borrajas. El hombre que llega a la presidencia por su implacable denuncia del establishment empieza a ser percibido, por los más radicales de su propio partido, como la nueva encarnación del establishment. El que viene de fuera a subvertir el orden elitista de Washington, tórnase en pocas semanas en el mascarón de proa de esa misma denostada élite. El desencanto de muchos se refleja en las encuestas. Esta semana, el respaldo al Presidente de parte del núcleo duro de los conservadores se reducía del 44% al 28%. A ese descenso podría llamársele la cuesta de la desilusión.

A este columnista le alegra que la política real haya mostrado su imperio en tan poco tiempo, frente a los grandilocuentes discursos electorales repletos de promesas “revolucionarias” que siempre son tan nocivas para la paz pública; como celebro que a los llamados libertarians, que no son más que anarquistas reciclados, les frustre lo que el Presidente ha hecho hasta ahora y, sobre todo, lo que no ha sido capaz de hacer. La ilusión de que una banda de forasteros iba a adueñarse del poder para gobernar al margen y en contra de las estructuras de ese poder ha resultado un fiasco previsible. Esas estructuras existen para domar a los cerreros y someter a los díscolos. Gobernar en Estados Unidos —a Dios gracias— consiste en someterse a ellas, andar por esos carriles que, como a los trenes, no permiten más que un leve cabeceo a derecha o izquierda y poco más. Donald Trump ya debe de haber empezado a darse cuenta de que lo han puesto al frente del monstruo que hasta hace muy poco era el blanco de sus ataques para que le preste su rostro y lo conserve igual.

Hay que reconocerle a Trump el intento de cumplir sus promesas electorales, valiéndose en muchos casos de decretos que no precisan de la aprobación o ratificación del Congreso y algunos más hará sin duda en lo que le reste de gobierno. Como ya he dicho en esta página, hay puntos de su agenda —como el ambicioso plan de obras públicas, incluida la erección del muro en la frontera sur— que son positivos para la sociedad y ojalá se realicen; pero aspirar a que la ideología elemental del individuo común, el credo del little guy, suplante las grandes políticas de Estado no es más que una delirante fantasía destinada a verse desmentida por el cotidiano ejercicio de gobernar. A estas alturas, Donald Trump está en camino de aprender que una cosa es vociferar contra el orden establecido desde una tribuna tremendista en busca de los votos de los inconformes de siempre, y otra muy distinta ponerse al frente de ese mismo orden que dispone de una formidable mecánica de supervivencia.

La mayor ironía es suponer que un grupo de multimillonarios —como el que acaba de instalarse en la Casa Blanca— es más apto para controlar o someter al criticado establishment, como si el dinero fuera a hacerles inmunes frente a la irresistible atracción del poder. Más bien ocurre lo contrario, la holgura económica ayuda a lubricar la gestión política dentro de los cauces tradicionales y a asemejarlos hasta la indistinción. El empeño del nuevo presidente podría caricaturarse imaginándolo a él y su gabinete trabados en las inmensas lianas que no cesan de denunciar, sin advertir que, rápidamente, van confundiéndose con ellas. El espectáculo es patético, pero es de celebrar que esté ocurriendo así.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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