Vicente Echerri

Ideología para un conflicto

Un soldado y un policía patrullan frente al Parlamento, en Londres, el 24 de mayo, después del ataque terrorista en Manchester.
Un soldado y un policía patrullan frente al Parlamento, en Londres, el 24 de mayo, después del ataque terrorista en Manchester. Getty Images

El terrorismo ha dado un nuevo golpe esta semana. Un suicida se ha “inmolado” en un concierto en Manchester, Inglaterra, con el saldo pavoroso de 22 muertos y 64 heridos, algunos de ellos de gravedad. Las víctimas eran adolescentes (incluso niños), con quienes se ensaña el fanatismo homicida de estos militantes islamitas. En el Reino Unido se ha impuesto el máximo nivel de alerta y la policía ya ha practicado arrestos en medio de una gigantesca cacería en busca de cómplices.

Sin embargo, comentaristas y portavoces de las autoridades no han dejado de volver a decir que, pese al altísimo nivel de seguridad, al despliegue ostensible de agentes de la fuerza pública y la minuciosa vigilancia de los organismos de inteligencia, la amenaza de este tipo de acciones no puede reducirse a cero. El peligro de que un individuo decidido a morir para matar indiscriminadamente a inocentes consiga su propósito seguirá con nosotros todo el tiempo que dure esta guerra asimétrica. Los extremistas capaces de estas acciones criminales pueden ser una minoría insignificante, pero representan el pensar y el sentir de millones de musulmanes que creen que la teocracia islámica es una sociedad más justa y mejor que el modelo propagado e impuesto por las democracias occidentales. Mientras exista esa opinión, la cantera del terrorismo podría resultar inexhaustible.

Preciso es, pues —por mucho que se esfuercen nuestros líderes en afirmar lo contrario— combatir la raíz misma de la ideología que, aunque sea por aberración, es capaz de producir estas monstruosidades. El islamismo, en tanto forma de organizar la sociedad (no de adorar a Dios, lo cual puede reducirse, como cualquier otra religión, a un folclore inocente) debe combatirse y condenarse como un mal de males a cuya erradicación Occidente debe dedicarse a fondo en varios frentes, y no sólo en el policial.

Son muchos los liberales que defienden el derecho a existir de sistemas despóticos y opresores como alternativas viables al modelo de sociedad occidental (con todas las libertades que este modelo ha llegado a consagrar con el tiempo). Tal relativismo, que tiene larga data —y que sirvió para justificar, en un momento, la existencia de la Alemania nazi y de la Unión Soviética y que ampara en la actualidad al fascismo chino y a las tiranías árabes— es la primera debilidad a superar en el conflicto que ahora mismo se libra frente al terrorismo musulmán. La manera de ser y organizarse la sociedad occidental debe ser defendida y propagada por parte de las grandes democracias occidentales como el único modelo viable y meritorio de convivencia humana, relegando todo lo demás al terreno del atraso y la barbarie. Esto reduciría, de antemano, a los divulgadores de cualquier extremismo a la execrable categoría subhumana de monstruos, cuya destrucción seria lícita y deseable y cuya “ideología” sería equiparable con el crimen.

Hay que privar de humanidad a los terroristas y, por ende, a las ideas que los sustentan. No se trata del conflicto entre dos civilizaciones. La civilización es sólo una, la nuestra, y lo demás son los harapientos suburbios de la historia, cuyas poblaciones deben avenirse a los estándares que Occidente propugna para salir de la oscuridad, de la opresión y del atraso.

Desgraciadamente, este rasero puede resultar muy alto para la mayoría de los dirigentes de esas mismas democracias que, al reconocer como legítima la existencia de tiranías de diverso matiz, ayudan a alimentar, en más de un sentido, la razón de ser del extremismo terrorista. Más allá de todas las medidas punitivas que se apliquen para combatir el terrorismo, este debe ser derrotado fundamentalmente en el terreno ideológico, al condenar la doctrina en que se sustenta como una irredimible desviación.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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