Vicente Echerri

Mentalidad a superar y ejemplo a seguir

Bill de Blasio, el alcalde de Nueva York, cree que los exámenes de ingreso a las escuelas secundarias especializadas (Specialist High Schools Admissions Test o, abreviadamente, SHSAT) deberían reducir sus rigurosos estándares para que estudiantes negros e hispanos pudieran tener un mayor acceso a esos colegios, cuyos graduados terminan casi siempre en las primeras universidades del país. El alcalde opina que la mayoría de los que aprueban estos exámenes lo logra gracias a la posibilidad de prepararse con maestros particulares, que casi ninguno de los padres de los niños afroamericanos y latinos puede costear. De ahí que no encuentre mejor fórmula para remediar esta disparidad que la de rebajar el nivel de las pruebas de ingreso y con ello la calidad que distingue a estos centros de estudio.

Se trata —como es tradición entre los populistas de izquierda— de igualar por debajo, en lugar de salvar la brecha posibilitando, con fondos municipales, que los niños de familias desfavorecidas tengan también acceso a los mentores que hacen posible, según esta teoría, un mejor rendimiento en los citados exámenes de ingreso.

Sin embargo, parece que de Blasio parte de una premisa falsa. Por ejemplo, en Stuyvesant, la más emblemática de estas secundarias especializadas neoyorquinas (y donde ciertamente la presencia sumada de alumnos negros e hispanos apenas llega al 3%), la mayoría (el 70%) de los estudiantes proviene de otro grupo minoritario, los asioamericanos, muchos de los cuales también son pobres, tanto como para que la mitad del alumnado tenga derecho a recibir el almuerzo gratuitamente.

¿En qué radica, pues, la disparidad? En el ambiente doméstico que, entre negros e hispanos, tiene menos estabilidad, con mayor número de familias con uno solo de los padres, mayor tendencia a la marginalidad y menos fe, que entre los inmigrantes asiáticos y sus descendientes, en los logros de la educación.

Es innegable la supervivencia del racismo en Estados Unidos —aunque haya una familia negra en la Casa Blanca. El proceso de eliminación de prejuicios tiene un profundo arraigo y resulta muy difícil de erradicar, aunque en la sociedad norteamericana del último medio siglo puedan apuntarse notables progresos (no sería pecar de optimismo afirmar que los jóvenes de hoy son mucho menos racistas que sus padres y que sus abuelos); pero sería un error poner enteramente a la puerta de los blancos —que, por otra parte, son, en Estados Unidos, una mayoría en declive— la entera responsabilidad en la superación del racismo.

Los propios negros —y, en gran medida, los hispanoamericanos que residen aquí o que, nacidos aquí, responden a esta clasificación étnica— tienen que hacer su parte por romper el círculo vicioso de la marginalidad, la autoconmiseración y la autoindulgencia que mantienen a tantas personas de esos grupos sumidos en el atraso y constantemente en la frontera de la ilegalidad. Es pecar de simplista atribuirle a un racismo institucional el que negros e hispanos tengan tan escasa representación en ciertos centros de enseñanza, incluso públicos, como el caso de Stuyvesant, y que, al mismo tiempo, constituyan la mayor parte de la población penal de este país. Tendría que andar muy descarrilada la justicia y ser flagrantemente abusivos los agentes de la autoridad para que los prejuicios raciales —que desafortunadamente no han desaparecido— puedan explicar tales fenómenos.

La familia negra, que alguna vez —cuando el racismo era abierto y feroz— fue mucho más sólida en este país, tiene que hacer un esfuerzo serio por recobrar su estabilidad en un sociedad que, si bien no es del todo desprejuiciada, presenta muchas menos barreras actualmente a las puertas de la oportunidad —y lo mismo podría decirse de la familia hispana. El mayor obstáculo para el ascenso social, que tanto grupos como individuos puedan tener ahora mismo en Estados Unidos, está en la mentalidad de gueto —siempre a un paso de la vida delictiva— que ha de superarse desde adentro, no como una dádiva de las instituciones gubernamentales, para acceder a la corriente mayoritaria de la sociedad, eso que en inglés se llama mainstream. Los asioamericanos han sabido hacerlo muy bien, sin necesidad de decretos. Un ejemplo que, sin duda, merece emulación.

© Echerri 2015

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