Vicente Echerri

La capital eterna de Israel

Acaba de cumplirse medio siglo de la guerra de los Seis Días, el conflicto relámpago en que Israel atacó y derrotó simultáneamente a tres países árabes (Egipto, Jordania y Siria) y extendió sus fronteras hasta el canal de Suez. En esa guerra, los israelíes se adueñaron también de la parte antigua de Jerusalén, haciendo realidad así un anhelo de muchos siglos: el regreso a Jerusalén como capital eterna de Israel, aspiración que empezó a materializarse con la fundación del moderno Estado sionista y que culminaría con la unificación luego de una guerra brevísima y paradigmática que, desde entonces, se estudia en las academias militares del mundo.

Sin embargo, muchos países no reconocen como legítima esta unificación que parece consumar un acto de justicia histórico y hacer plena la reivindicación de un pueblo. Muchos gobiernos y organismos internacionales defienden que la ciudad emblemática del judaísmo se divida otra vez y que en ella coexistan las capitales de dos naciones separadas por una profunda desconfianza, cuando no por franca enemistad. Esa solución —que anularía el mayor resultado de un conflicto admirable— serviría más bien para ahondar las diferencias, además de que obraría contra lo que me gustaría llamar la dinámica de la historia. Aunque santa y entrañable también para cristianos y musulmanes, Jerusalén debe seguir siendo íntegramente la capital de los judíos porque, como dijera Winston Churchill, son ellos “los que más la han amado”.

En Estados Unidos, donde la cultura bíblica de una mayoría protestante, más que el mismo lobby judío, motiva el amplio respaldo hacia el moderno Israel, son más los que apoyan el status actual de la ciudad y ven la partición como anatema. Quieren más bien, estos amigos de Israel, que Estados Unidos acabe de trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, tal como legisló el Congreso en 1995, algo que no han llevado a cabo los presidentes que hemos tenido desde entonces, pese a que más de uno lo ha prometido en sus campañas electorales.

Donald Trump no ha sido la excepción, pese a lo mucho que vociferó que lo haría desde que batallaba en las primarias. Por el contrario, se acogió a la dispensa de aplicar esta ley el pasado 1 de junio, como hicieron cada seis meses todos sus predecesores en los últimos 22 años. En esto, el actual presidente viene a sumarse al club de timoratos en que ya están Clinton, Bush W. y Obama. Con él la frustración es mayor porque sus promesas fueron más rotundas.

Aunque la doctrina que propone a Jerusalén como capital compartida por israelíes y palestinos cuenta con las simpatías de un importante sector de la sociedad estadounidense (incluidas instituciones laicas y religiosas), somos más los que afirmamos la condición indivisa de la ciudad bajo sus actuales autoridades, aunque reconozcamos, al mismo tiempo, el derecho de los palestinos a organizarse como un Estado independiente. Ambas cosas no son incompatibles. Cabe pensar, por el contrario, que acaso las conversaciones entre israelíes y palestinos prosperen con mayor celeridad si el actual escollo que ahora mismo es Jerusalén queda definitivamente fuera de la agenda, convencidas todas las partes de que su estatus no está en discusión. A ese fin, el traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén sería, más que un mero gesto simbólico, un paso decisivo hacia una solución permanente, amén del reconocimiento que los frutos de esa guerra relámpago que nos asombró hace 50 años no se han malogrado del todo ni que ha sido en vano el sacrificio de los que lucharon y cayeron en defensa de la realización de un sueño milenario.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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