Vicente Echerri

Plantar cara a los rusos

Si los rusos intervinieron en el último proceso electoral de Estados Unidos —algo que ahora mismo es objeto de una investigación federal y de un debate en los medios de prensa y en las redes sociales— con vistas a favorecer el triunfo de Donald Trump, pueden estarlo lamentando a estas alturas. Pese a algunos gestos o acercamientos amistosos, las fricciones en el terreno internacional no han parado de acentuarse, viniendo a demostrar, una vez más, que los intereses de las naciones se sobreponen a las preferencias personales de quienes las presiden.

En el apogeo de su poder, el imperio británico se valió de los hijos y nietos de la reina Victoria para intentar consolidar alianzas matrimoniales con las demás casas reales europeas como instrumentos garantes de la paz. Este recurso resultó bastante exitoso, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX cuando Europa vivió un largo período de sosiego con la sola excepción de la guerra franco-prusiana (pero esta excepción no menoscaba la eficacia del recurso porque Francia estaba al margen de las alianzas dinásticas inglesas). Como sabemos, este “orden” se hizo trizas con la primera guerra mundial que terminó barriendo unas cuantas de esas monarquías con las que se contaba para afirmar la paz.

La rivalidad y desconfianza entre Rusia y la Alianza del Atlántico Norte que lidera Estados Unidos supera cualquier entendimiento o simpatía que pueda haber entre sus líderes: se muestra en el recelo mutuo que sólo da señales de acrecentamiento. En estos mismos días, el derribo de un avión de la Fuerza Aérea siria —que según fuentes estadounidenses bombardeaba a rebeldes que también combaten al autodenominado Estado Islámico y a los que Estados Unidos respalda— provocó la advertencia rusa de que cualquier aeronave de la coalición que cruzara la frontera del Éufrates será considerada un “objetivo”. Una amenaza que el Pentágono hizo saber que desconocería. Por otra parte, en aguas del Báltico, donde los incidentes se han multiplicado en los últimos tiempos, un avión de guerra de la OTAN y uno ruso han estado a poco más de un metro (¡¡¡!!!) de distancia esta semana. Como una muestra de autoafirmación, los rusos apoyan en todos los escenarios a los adversarios de Occidente: Siria, Irán, Cuba, Venezuela… En medio de este clima de permanente crispación la chispa que haga estallar un conflicto acrecienta sus posibilidades de día en día.

No creo, sin embargo, que ese conflicto desemboque necesariamente en una guerra atómica. La paridad en armas estratégicas y la certeza de la mutua aniquilación inutiliza el arsenal nuclear de ambas superpotencias, pero esa misma convicción hace más factible la posibilidad de acciones bélicas convencionales de baja o mediana intensidad, entre estas fuerzas en pugnas, que en algunos casos podrían ser libradas por terceros.

Es triste que Rusia y Occidente, que gozaran una suerte de luna de miel luego del colapso de la Unión Soviética, con tanto que compartir frente a la amenaza de enemigos comunes, hayan vuelto a la atmósfera de la guerra fría, pese a que la ideología que alguna vez justificara esa animadversión haya dejado de tener pertinencia real. Aunque la culpa siempre ha de repartirse entre todas las partes, la mayor responsabilidad de este peligroso desacuerdo hay que ponerla a las puertas del Kremlin, y concretamente en la insistencia de Vladimir Putin de exacerbar el nacionalismo ruso sin otro fin que oxigenar sus ambiciones de poder personal. Yo creo que es hora de frenar el aventurerismo ruso con acciones militares específicas en los escenarios de sus provocaciones, aunque esto signifique para muchos cruzar un umbral tenido por infranqueable en las últimas décadas.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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