Vicente Echerri

En la ruta de la autodestrucción

El régimen norcoreano lanzó exitosamente un misil este martes en el mar del Japón que ha provocado fuertes censuras en el ámbito internacional, una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU con la previsible imposición de nuevas sanciones y la acentuada crispación entre Estados Unidos y China, a la que Donald Trump acusó, en uno de sus célebres mensajes en Twitter, de relaciones comerciales clandestinas con Corea del Norte.

Al anunciar el lanzamiento de su misil en las primeras horas del 4 de julio, Pyongyang dijo que se trataba de un regalo que le estaban haciendo a los “bastardos yanquis” en su fiesta nacional. Supuestamente, el mísil lanzado era capaz de alcanzar Alaska, el territorio continental norteamericano más próximo al Asia, si bien a una distancia de más de 5,000 kilómetros de Corea del Norte.

En respuesta a esta provocación Estados Unidos ha emprendido unos gigantescos ejercicios militares con Corea del Sur, al tiempo que vuelve a presionar a chinos y rusos para que colaboren con las sanciones; pero estos últimos no parecen dispuestos a ceder y se han manifestado opuestos a cualquier intento de un cambio de régimen en el país díscolo. El ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa dijo en Moscú que eran “igualmente inaceptables los intentos de estrangular económicamente a la RDPC” (siglas del nombre oficial de uno de los pocos países comunistas que sobreviven en el mundo).

¿Hasta dónde quieren llegar los norcoreanos? ¿Qué pretenden lograr? ¿Tienen acaso una inconsciente vocación suicida? ¿En qué momento resultarán víctimas de sus propias provocaciones? Estas y otras interrogantes han surgido en los comentarios y debates de los medios de prensa en las últimas horas, sin que nadie se haya atrevido a proponer un derrotero salvo el riesgo de la conflagración.

Si algo puede predecirse del caso coreano, pese a lo volátil de la situación y el carácter más bien voluble del presidente Trump, es que este ritual de pruebas balísticas, amenazas, reuniones de la ONU e imposición de sanciones que se cumplen a medias no puede mantenerse indefinidamente, sobre todo teniendo en cuenta que la creciente sensación de vulnerabilidad en la población de Estados Unidos le impone al Presidente una irresistible presión a actuar.

Kim Jong-un se acerca indefectiblemente al abismo. El panorama internacional debe haberlo convencido de que sus provocaciones son rentables, de ahí que las exagere. Preso de su propia retórica —que ninguno de sus ministros y asesores se atreverá a cuestionar—, debe creerse que en verdad puede chantajear a Estados Unidos y sobrevivir desde una posición de fuerza, cuando más convendría a sus intereses estarse quieto y dejar de incordiar, que Washington no emprendería activamente su remoción si él no insistiera en su programa atómico y en sus descabelladas amenazas. Hay que creer, entonces, que lo mueve un ímpetu no muy distinto del que llevó a Japón a atacar a Pearl Harbor con las consecuencias que sabemos y que recuerda lo que solía decir Vito Corleone en El Padrino cuando decidía la eliminación de un sujeto: “con este hombre no se puede razonar”.

De mantener el rumbo actual, la guerra en Corea será inevitable y ni rusos ni chinos podrán ni querrán hacer nada para salvar a su belicoso vecino. Corea del Sur terminará pagando un gran precio —en vidas y en dinero— por la ansiada reunificación de su península y a la odiosa dinastía de los Kim nadie la echará de menos. El mundo será un sitio más seguro cuando haya desaparecido ese peligroso payaso, que está contribuyendo más que nadie al acercamiento de ese fin.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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