Vicente Echerri

Tarea de Occidente

Un combatiente voluntario combate a tropas del Estado Islámico en Tikrit.
Un combatiente voluntario combate a tropas del Estado Islámico en Tikrit. AP

La reciente ofensiva del gobierno iraquí, y de las milicias chiíes que lo apoyan, para reconquistar la ciudad de Tikrit —en manos del llamado Estado Islámico desde el año pasado— ha llegado a una especie de punto muerto en las últimas dos semanas. La ciudad permanece asediada, pero los combatientes del EI se han hecho fuertes en ella y han minado los accesos al centro. Los islamitas saben que la pérdida de Tikrit tendría un efecto psicológico devastador: sería el comienzo del conteo regresivo para su derrota definitiva.

Cualquiera habría supuesto que los aviones de la coalición, liderados por Estados Unidos, habían tomado parte activa en esta ofensiva, pero así no ha sido, debido al expreso rechazo de Movilización Popular (Hashid Shaabi), la milicia chií respaldada por Irán, que tiene asesores militares sobre el terreno. Sus portavoces han dicho que no necesitaban a los americanos y éstos se quedaron al margen de una ofensiva que ahora parece estacionaria.

Hace un par de días —y a petición de los iraquíes, según algunas fuentes— Estados Unidos comenzaba a ofrecerles a las fuerzas del gobierno los resultados de su supervisión aérea, pero no lo que los asaltantes necesitan con mayor urgencia: bombas —a diferencia de otros lugares de Irak y Siria donde los aviones de la coalición se mantienen operando con bastante rendimiento: hasta el momento, en los siete meses transcurridos desde que comenzaran las incursiones de la coalición, han caído alrededor de 2,000 combatientes del EI, lo que constituye casi un 10 por ciento de la totalidad que estos terroristas musulmanes tienen sobre el terreno.

El antioccidentalismo de las milicias chiíes y de sus padrinos iraníes muestra de nuevo su insolencia: después de haberse portado tan cobardemente frente al avance del Estado Islámico —y tanto que las fuerzas de este último llegaron hasta las puertas de Bagdad— y de haber tenido que suplicar la intervención aérea de Estados Unidos y sus socios, ahora sienten escrúpulos y temen que la intervención decisiva de la aviación occidental pueda ir en detrimento de la influencia de sus correligionarios iraníes en la región.

Si no fuera porque la existencia del Estado Islámico es un peligro demasiado grande para todos, valdría la pena permitir que este conflicto entre chiíes y suníes (porque a eso se resume) se convirtiera en una irresuelta guerra de desgaste, donde ambos bandos —movidos por fanatismo semejante, celosos de conservar su atraso y su barbarie— se estuvieran matando entre sí durante un siglo hasta dejar al mundo bastante despoblado de esta crápula que constituye un serio obstáculo en el avance del modelo de vida civilizada que Occidente representa y propone.

Tal política no parece factible frente a un fenómeno como el del EI, que ha empezado a replicarse como un cáncer en el mundo musulmán, pero la contribución de las democracias occidentales y de Estados Unidos en particular a liquidar este cáncer no debe favorecer la preponderancia de Irán en el Oriente Medio y mucho menos el afianzamiento de su hegemonía regional. Como bien advertía el primer ministro israelí en su reciente discurso ante el Congreso de EEUU: el enemigo de nuestro enemigo no es necesariamente nuestro amigo.

La ayuda militar de Occidente en el actual conflicto de Irak y Siria no debe ser ni puede ser, creo yo, desinteresada, al extremo de que sea Irán —un estado expansionista, agresor y retrógrado— el que termine cosechando los frutos de una victoria sobre el Estado Islámico, aunque evitar ese resultado exija una intervención más a fondo en ese empeño bélico e incluso la presencia de tropas sobre el terreno.

El Estado Islámico debe ser destruido —en esto hay bastante consenso—, pero el régimen iraní también —aunque en este punto no exista igual acuerdo—, del mismo modo que el nazismo debió ser destruido antes de que provocara la catástrofe de la segunda guerra mundial.

Cualquier entendimiento con el Irán de hoy no es más que un papel mojado frente a un enemigo irreconciliable: la estabilidad del Oriente Medio y del mundo pasa por el derrocamiento del régimen iraní, logrado por las armas de Occidente. Tarea ardua, en verdad, pero también intransferible.

©Echerri 2015

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