Vicente Echerri

He aquí el lobo otra vez

Mientras Venezuela se hunde en la peor crisis de su historia, su mentor ideológico, el régimen cubano, retorna a los recursos ortodoxos. El modesto sector de autónomos o cuentapropistas encuentra un nuevo frenazo de parte de un gobierno de demostrada incompetencia y corrupción. El éxito y la prosperidad de la pequeña empresa que apenas germina resalta por contraste el fracaso de su gestión y le da un mentís a la receta socialista: en una sociedad apática y mugrosa, lo único que reluce son esos focos de capitalismo e iniciativa individual que son la vitrina de las aspiraciones de casi todos y que una tiranía decrépita no puede sufrir. La acumulación de riqueza (a menos que se trate de la usura y las transacciones delictivas con que trafican los mandantes) enturbia su conciencia comunista; en consecuencia, retranca y marcha atrás.

No puedo ocultar que me alegra, aunque lo sienta por aquellos de mis compatriotas que han aprovechado el menor resquicio para emprender y medrar. Me alegra que la tiranía muestre sus colores, que responda a su verdadera naturaleza, que se comporte con la torpeza y la patanería que siempre ha sido el sello de sus progenitores: estos zafios que se colaron en nuestra historia por la puerta trasera y que se han mantenido hasta hoy con su expediente de matones. Confieso que me molestan mucho cuando quieren dárselas de finos o de pragmáticos y a regañadientes toleran algún negocio o una opinión adversa y, de paso, engañan a los ingenuos que creen en la autenticidad de los “cambios”. Deploro incluso que ya no fusilen ni encarcelen como antes, cuando podían hacerlo con absoluta impunidad, para que nadie se engañe de quiénes son y hasta los más sumisos se convenzan de que la solución pasa por el ajusticiamiento público y ejemplar de esas bestias.

Casi 59 años después de que llegaran al poder en una nación que prosperaba —pese a ciertos niveles tolerables de corrupción política y administrativa— Cuba se cuenta entre los estados más pobres de la tierra, donde los profesionales devengan insólitos salarios de miseria (en muchos casos menos de 0.50¢ de dólar al día), las ciudades son cascarones ruinosos y la infraestructura (carreteras, puentes, vías férreas, servicios públicos) da testimonio de un abandono de más de medio siglo; y donde imperan la vagancia y el parasitismo social, así como la prostitución y el latrocinio. El envilecimiento del pueblo cubano —parejo al derrumbe físico del país y la inoperancia de las funciones públicas— es el “logro” más obvio y perdurable de la revolución.

El castrismo vuelve por las andadas y hay que celebrarlo, los comunistas cubanos ni siquiera tienen la capacidad de transformarse en fascistas, como han hecho chinos y vietnamitas, y esa incapacidad también me regocija (pues el fascismo puede resultar exitoso, aunque suprima la libertad). Para que alguna vez sea erradicado, ese régimen debe perseverar en lo absurdo y en lo arbitrario, en su esencia represiva e ineficaz; de suerte que ningún negocio tenga amparo; ninguna ganancia, garantía; ninguna aspiración a mejorar, cimiento; hasta el punto que todos se convenzan de que el futuro es una planicie interminable de frustración y de desesperanza… a menos que el pueblo, en cuyo nombre se desgobierna, decida hacer buena su soberanía.

No nos corresponde a nosotros, los que optamos por exiliarnos para librarnos de patria y amo a un tiempo, dar lecciones desde nuestras oficinas climatizadas. Los que a diario padecen la ineptitud y el despotismo están llamados a ser los protagonistas de la transformación, del auténtico cambio, que nosotros ciertamente respaldaremos. Entre tanto, bueno es que la verdadera mafia cubana, la que manda en La Habana, deje ver nuevamente su oreja peluda de lobo rapaz.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

  Comentarios