Vicente Echerri

De los erróneos defensores

A los hechos violentos ocurridos en Charlottesville, Virginia, el pasado sábado —cuando un extremista arrolló deliberadamente a un grupo de manifestantes con el saldo de una persona muerta y 19 heridas—, vino a sumarse el escándalo suscitado por el presidente Trump en su última rueda de prensa al repartir las culpas por lo sucedido entre los que predican ostentosamente la supremacía racial, enarbolan suásticas y visten capuchones del Ku Klux Klan y los contramanifestantes que se les oponen.

Varios líderes del Partido Republicano han criticado sin tapujos al Presidente por haber asumido una suerte de imparcialidad (sabido es que la imparcialidad sirve casi siempre para favorecer a los culpables). Las ideologías que fomentan la intolerancia y el odio (por cuenta de la raza, la religión, el sexo, la opinión política, etc.) no deberían encontrar amparo en la libertad de expresión, que en Estados Unidos es más amplia y laxa que en otras democracias. En Alemania, por ejemplo, la exaltación del nazismo es un delito, aunque no así la del comunismo, que, en mi opinión, también debería estar penada con prisión, al igual que el Ku Klux Klan, responsable directo o indirecto, a lo largo de más de un siglo de historia, de numerosos crímenes.

Sin embargo, los símbolos de la Confederación —los estados del Sur de Estados Unidos que se separaron para constituirse en nación independiente y fueron sometidos en la guerra más sangrienta que se haya librado en este país—, su bandera y sus monumentos, así como la defensa de los mismos, no tendrían que confundirse con la causa de los supremacistas blancos y menos aún con los neonazis, aunque estos últimos hayan querido cobijarse bajo ese palio. No dudo que muchos que se sienten sureños y que remontan esa identidad a los tiempos de la Confederación, no militan en el odio, ni son necesariamente racistas. Eso tal vez fue lo que el Presidente quiso decir, pero, con su torpeza habitual, sonó como si intentara equiparar moralmente al extremismo y el terrorismo con sus víctimas.

La memoria de la Confederación —que tan demonizada ha sido por la historia oficial de Estados Unidos— puede ser amable y respetable para muchos que, no por ello, se identificarían jamás con odiosos extremistas. Como falso es también que la guerra de Secesión se librara en torno a la emancipación, mera contienda entre esclavistas y abolicionistas, como tantos sostienen (Lincoln dictó el bando de emancipación a los dos años de empezada la guerra). La vida y libertad de los negros no era —por desgracia— tan importante como para que una nación se desangrara por ellos. En verdad, los estados del Sur, fundamentalmente agrícolas, empezaron a sentirse distintos al Norte industrial y, en consecuencia, a fomentar una identidad aparte: más rural y patriarcal, en la que, por esa razón, el esclavo aún desempeñaba un papel que ya era obsoleto en el Norte, pero que no creo habría durado mucho más tiempo. Sin la tragedia de la guerra, la emancipación habría llegado de todos modos (como llegó en Cuba y en Brasil, en 1886 y 1888 respectivamente) y habría sido menos traumática y con menos resentimiento del que generó la llamada “Reconstrucción” que los vencedores les impusieron con ensañamiento a los vencidos.

Muchos sureños han nacido y crecido en el amor y el respeto a los próceres y soldados de la Confederación, campeones de una sociedad idílica que ciertamente tenía esclavos. Los monumentos a esos próceres y soldados —erigidos después como recordación de un conflicto devastador— son los que han empezado a derribar los revisores de la memoria histórica. Es muy de lamentar que sean esos grupos supremacistas y neonazis los que hayan salido en su defensa.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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