Vicente Echerri

En busca de los motivos para un duelo

El realista Terry Hutt muestra su devoción por la princesa Diana frente al palacio de Kensington. Diana murió el 31 de agosto de 1997 en un accidente automovilístico en París.
El realista Terry Hutt muestra su devoción por la princesa Diana frente al palacio de Kensington. Diana murió el 31 de agosto de 1997 en un accidente automovilístico en París. Getty Images

La muerte de la princesa Diana, de la que hoy se cumplen veinte años, confieso que me sigue asombrando. No la muerte misma —en aquel ridículo accidente del túnel del Pont de l’Alma en París cuando intentaba escapar, junto a su amante árabe, de los paparazzis que la perseguían—, sino la consternación que le sucedió y la histeria colectiva que colmó de llantos y de flores a Londres y de comentarios piadosos al resto del mundo.

¿Por qué habría de ser tan sentida y tan llorada la princesa Diana? Pese a haber estado en la televisión durante la cobertura en vivo de sus funerales, seguidos por cientos de millones de espectadores, me sigo sintiendo inmune al desbordado dolor de las muchedumbres, en el que veo una reacción catártica casi inexplicable. ¿Qué despertó esta súbita simpatía por la princesa difunta que —conforme a los criterios más ortodoxos— fallecía en medio del escándalo y después de haber contribuido al descrédito de la institución que la exaltara? Me resulta difícil entenderlo.

Tal vez pervivía en la mente de muchos el fasto de aquella “boda del siglo” en julio de 1981 cuando ella pudo lucir toda la inocencia y la belleza que entonces la adornaban. Con ese cuento de hadas (nada que ver con el de Cenicienta, pues Lady Diana Spencer había nacido en una de las familias más linajudas y ricas de su patria) se identificaban muchas mujeres en el mundo, las mismas que suelen seguir las peripecias de las celebridades en la llamada “prensa del corazón”. Cuando la princesa puso en peligro la monarquía, a la que había sido elegida para representar y perpetuar, dirimiendo en la televisión las infidelidades de su marido y las suyas propias, aumentaron las simpatías por ella. ¿Será posible? Supongo que convertirse en cualquier hija de vecino en esos programas cursis la acercaban a la teleaudiencia, que acaso no llegaba a entender, en la propia Gran Bretaña, cuál era el papel reservado para una mujer que podría llegar a tener alguna vez el título de reina.

Otros muchos recordarán su genuino interés por los más desfavorecidos —ancianos, minusválidos, indigentes, huérfanos de la guerra… Quiero creer que no la motivaba la publicidad gratuita, sino que encontraba en esas causas la realización que la eludía en su vida personal. Sin embargo, no lograba asumir seriamente el personaje que había sido llamada a representar cuando emprendía muchas de esas tareas caritativas costeadas o auspiciadas con dinero público. Entonces seguía siendo Lady Di y se comportaba con la ligereza con que podría hacerlo una actriz o una rica heredera que tuviera por hobby a los más pobres y no con la impersonal gravedad que le daba su título de Princesa de Gales. En verdad buscaba los fogonazos de los fotógrafos (los mismos que la persiguieron hasta el último momento) con un talante entre tímido y divertido, que daba la impresión, en muchas ocasiones, que desempeñaba, a su pesar, un papel en una mascarada y no que era el icono viviente de una tradición milenaria.

Diana quiso ser feliz como lo único que le estaba vedado, una mujer ordinaria. Murió enfrentada al destino que ella eligió voluntariamente al aceptar desposarse con el príncipe Carlos: ser madre del futuro rey de Inglaterra, para lo cual la habían escogido y, de alguna manera, contratado. En tales circunstancias pretender la felicidad doméstica y la lealtad sexual —de un hombre que se sabía amaba a otra mujer— era pedir demasiado, ser en verdad irresponsable. Esa frustrada pretensión la convirtió en una figura popularmente trágica e hizo que millones se sintieran dolientes cuando ella faltó del escenario.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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