Vicente Echerri

Hora de destruir a Pyongyang

¿Cuándo Corea del Norte será destruida? ¿Cuando lance la primera bomba nuclear o cuando su arsenal atómico sea lo suficientemente temible para que la empresa de su destrucción sea mucho más difícil? La pregunta no es retórica, la retórica parece estar por ahora en la Casa Blanca donde un presidente bravucón hace temibles advertencias que luego se quedan en agua de borrajas.

En las últimas semanas el desafío del régimen norcoreano ha sido cada vez más insultante: una detonación subterránea que dijeron era de una bomba de hidrógeno y dos misiles que han sobrevolado Japón. La comunidad internacional, representada por el Consejo de Seguridad de la ONU, ha dado en varias ocasiones pruebas de unidad, hasta hace unos días cuando le impuso a Corea del Norte restricciones en la importaciones de petróleo. Aunque el Consejo se reunirá otra vez a petición de Estados Unidos y Japón, no parece que pueda salir algo más de ese foro. Este viernes norteamericanos y rusos intercambiaban acusaciones de irresponsabilidad. Si Washington no actúa rápida y drásticamente, tendremos que vivir con la amenaza constante de un tirano eunucoide con ínfulas cesáreas que aspira, desde ese ridículo país, a imponerle sus condiciones al mundo.

El presidente Trump, contrario a la imagen que quiere proyectar, parece estar lastrado por las dudas. En lugar de convicciones, que adornan siempre al gran estadista, él se conforma con los énfasis. No habla suave y lleva un gran garrote, conforme a la eficaz receta de Teddy Roosevelt; por el contrario, vocifera y oculta un palito de golf. Winston Churchill supo, con lucidez extraordinaria, que Adolf Hitler era un enemigo que había que destruir y no se cansó de proponer su destrucción desde el momento mismo en que los nazis llegaron al poder y cuando él era aún un parlamentario impopular. Nuestro actual presidente muda fácilmente de opinión y huye hacia delante de sus torpezas cometiendo otras nuevas. No creo que a lo largo del último siglo haya habido otro mandatario de este país que haya generado mayor incertidumbre.

Parece obvio para cualquiera que siga las noticias y las analice desde el punto de vista de Occidente y, en particular, de la estabilizadora hegemonía de Estados Unidos, que el momento de aniquilar a Kim Jong-un y al estado despótico que dirige es esta noche, que la oportunidad de unificar la península de Corea en democracia y libertad, aplazada desde hace 64 años, es ahora, aprovechando un umbral que todavía le garantizaría a las armas americanas una incontrastable supremacía, una supremacía que China y Rusia no querrían que ejerciera y que tratarían por todos los medios de atenuar.

La situación de Corea del Norte se ha enquistado de tal modo que no es recomendable la paciencia, que se traduciría en tiempo ganado por nuestro declarado enemigo. Pareciera que el Presidente quisiera evadir el conflicto desterrándolo de su mente como una pesadilla, pero tal no puede ser la manera —como bien demuestra la historia— de dirigir los destinos de una gran nación. La tranquilidad y la prosperidad de muchos, particularmente de los que vivimos aquí, pasa por el fin de Norcorea, del mismo modo que la república romana supo que la existencia de Cartago constituía una amenaza a su supervivencia y terminó destruyendo y borrando a la orgullosa metrópoli del norte de África. Se dice que Catón el Viejo, que había vivido de joven la campaña de Aníbal y la derrota romana en Cannas (216 AC) solía terminar sus discursos en el Senado con esta frase: Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (“además, considero que Cartago debe ser destruida”. Aunque él no pudo ver satisfecho ese anhelo, los romanos lo hicieron realidad pocos años después de su muerte. ¡Qué bien vendría la voz de un Catón en nuestro gris Senado!

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

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